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22/09/2023

El sombrero de Nueva York (D.W. Griffith, 1912)

La adorable Mary Pickford protagoniza este pequeño drama donde los eternos chismosos del pueblo se unen para arruinar la alegría inocente de una muchacha y su sombrero.
El sombrero de Nueva York (The New York Hat) es un drama algo forzado que a pesar de todo mantiene su interés por la vigencia de ciertos temas y los talentos involucrados en la producción. Griffith, como de costumbre, se rodea de actores talentosos y da clases de narración fílmica, y Pickford es simplemente grande.


Resumen: ALERTA DE SPOILER
En su lecho de muerte, una madre (Kate Bruce) entrega al ministro de la iglesia local (Lionel Barrymore) sus ahorros y una carta donde explica que su avaro marido (Charles Hill Mailes) la hizo trabajar hasta la muerte sin nunca permitirle dar algún lujo a su hija (Mary Pickford). La mujer pide que el amable ministro use el dinero para comprarle algo bonito a la muchacha, que queda al cuidado de su tacaño padre. Este es un tipo seco y avinagrado que se despreocupa de las necesidades básicas de su joven hija: La hace vestir ropa vieja y fea que le va estrecha, y se niega a comprarle un sombrero nuevo aunque el único que posee ya está para tirar. La muchacha sufre por el aislamiento social que le significa ir tan mal vestida, pues las otras jóvenes del pueblo, todas bellamente trajeadas y con lindos sombreros, la evitan y se burlan de ella por su pobreza. 
El ministro, cuya rápida sonrisa irradia alegría, calma y paz, sorprende a la muchacha frente al escaparate de una sombrerería. Ella  observa con anhelo y admiración un extravagante sombrero traído de Nueva York. Cuesta 10 dolares y está fuera de toda duda que no luciría bien en un pueblo tan pequeño y estrecho de miras.


El ministro, recordando la última voluntad de la madre, entra en la tienda y compra el sombrero. Tres urracas (Claire McDowell, Mae Marsh y Clara T. Bracy) que curiosean por el lugar de inmediato empiezan a cacarear con malicia. 
Mientras, el simpático ministro entrega a la muchacha el disparatado sombrero. Ingenuamente le pide guardar el secreto y se marcha sin pensar que tal regalo podría resultar sospechoso para las viejas ciruelas con exceso de tiempo libre.
Ajena a esto, la joven queda encantada con el sombrero. Su alegría es tal que ella tampoco piensa en lo que un regalo tan costoso hará sospechar a las prejuiciosas de la parroquia. No, ella es dulce, inocente y está feliz. Sale a pasear con sus viejas ropas y el elegante sombrero. Por supuesto, tal combinación es un desatino, y al rechazo anterior se unen las murmuraciones, alentadas por el trio de chismosas.


Estas, seguras de que la joven y el ministro mantienen una relación impía, aprovechan la salida de la iglesia para difundir su historia entre todo el pueblo. La muchacha, primero objeto de miradas burlonas por lo incongruente de su conjunto, ahora se ve expuesta al rechazo de la comunidad en masa. 


Las habladurías llegan a oídos de su despreocupado padre, que sólo entonces se preocupa. Llevado por la ira, el amargado viejo destroza el sombrero de su hija. 
Mientras tanto las cotorras, inconformes con únicamente manchar reputaciones por el gusto de hablar sin saber, acuden a los padres del pueblo y ellos piden explicaciones al pastor. Lo que empezó como un acto bienintencionado ahora es un problema que afecta a todos. 
El avaro también acude al pastor. Y la desgraciada muchacha. Todos hablan a la vez y el amable y sonriente pastor los hace callar de la forma mas sencilla: Leyéndoles la carta póstuma de la madre de la chica. 


Las estiradas cotillas obtienen su merecido cuando los padres les vuelven el rostro con desprecio, y el tacaño queda expuesto ante todos como el mezquino que es.
Aclarado todo, el pastor revela que, en cierta forma, las comadres no andaban tan erradas: Él tiene un interés especial en la muchacha y lo demuestra ofreciéndole matrimonio. Tras un intercambio de ideas con su padre ella acepta, confusa pero feliz.


Este breve filme dramático (16 minutos) cuenta una historia atemporal que lo hace funcionar aun con sus muchos elementos anticuados. Los chismosos y maledicentes siempre han existido, y en las iglesias parecen estar los peores. Sus víctimas suelen ser personas vulnerables como la joven protagonista, huérfana de madre y con un padre tacaño, despreocupado y dispuesto a dar oídos a cualquiera que no sea su hija.
La joven interpretada por Mary Pickford despierta la compasión del espectador desde la primera aparición junto a su madre moribunda. Ella es tierna, inocente, bonita y muy verosímil; duele verla tan abandonada, vistiendo una falda desteñida y una chaqueta dos tallas más pequeña. Es encantadora en sus juegos junto al espejo y es triste ver como se esfuerza vanamente tratando de obtener la atención de las demás muchachas. 


La única persona que presta un poco de atención a la chica es el benévolo, alegre y moderadamente guapo pastor, que usurpa sin esfuerzo el rol paternal en la vida de la muchacha. Lionel Barrymore demuestra su valía para el cine con un encanto maravilloso.
El sombrero de Nueva York fue la última película de Mary Pickford a las órdenes de Griffith para la Biograph antes de unirse a Famous Players Company. Es uno de los cortometrajes más populares del director por la trama y exposición de la naturaleza humana. Griffith aprovecha al máximo el talento de su protagonista, realizando primeros planos en los momentos más intensos. 
A ratos todo parece excesivamente melodramático y se puede decir que Griffith era así, pero no olvidemos la importancia de la apariencia en aquellos años. El sombrero no era un adorno sino una pieza imprescindible del vestuario y un símbolo de estatus. Mientras más grande y vistoso, mejor. Y los sombreros con largas plumas, gruesas cintas y pobres pájaros muertos, tuvieron su momento. Acá unos ejemplos en imágenes de revistas de la época:


Además de Mary Pickford y Lionel Barrymore, la película incluye a Mae Marsh, Claire McDowell y apariciones especiales de Jack Pickford, Lillian Gish y Robert Harron; algunos espectadores mencionan a Mack Sennet y Dorothy Gish pero no logré ubicarlos. El guion fue el debut de Anita Loos. 
El sombrero de Nueva York es una película sencilla y agradable, y una de las mejores interpretaciones de Mary Pickford en un cortometraje. Explica sin aspavientos por qué se convertiría en una estrella en roles de niñas y jovencitas: Sabía proyectar inocencia y candor.  
Recomendable.


07/01/2022

La Rata (Graham Cutts, 1925)

La Rata (The Rat) es una modesta pero ágil película británica sobre el submundo delictual parisino; su primera mitad funciona como un fantástico divertimento criminal que hará las delicias de cualquier interesado en apaches, fulanas y antros de diseño extravagante. El giro melodramático posterior arruina bastante el conjunto inicial aunque no llega a destruirlo del todo.  


Resumen: ALERTA  DE SPOILER 
El rey indiscutido del bajo mundo de rufianes y prostitutas de París es el apache Pierre Boucheron (Ivor Novello), mejor conocido como La Rata. Joven, guapo, pícaro, extravagante y jactancioso, La Rata gobierna la baja sociedad desde el club El ataúd Blanco (The Coffin White Club), cuyas sorprendentes entradas con formas de féretros explican el nombre.
Tras un robo La Rata escapa de la policía escondiéndose en una alcantarilla (de ahí su apodo) antes de dirigirse al hogar que comparte con la joven Odile (Mae Marsh), una rubia inocentona que le sirve de cocinera y a la que ve como una hermanita. Odile, que parece completamente ciega a la sordidez, violencia y promiscuidad sexual del inframundo apache, no comparte los sentimientos filiales de La Rata. Tiene un altar con su correspondiente Virgen de yeso a la que ruega con pudor que La Rata le pida matrimonio. Sí, Odile es bastante convencional y mojigata; ¿cómo una chica de esa clase acabó compartiendo departamento con el bribón más guapo de París? Nunca llega a saberse. 
Tras la comida, que incluye un momento muy ridículo entre ambos (¡ella es tan rastrera!), Pierre avisa a Odile que irá al Ataúd Blanco y le advierte que se mantenga alejada de ahí. 


En el Ataúd Blanco transcurre lo mejor de la película. La cámara se mueve con fluidez para mostrar el recinto y a sus pintorescos parroquianos, divididos en sectores según su clase social. Todas las chicas del ambiente adoran al hermoso y fanfarrón apache, y todas han obtenido sus favores por poco tiempo. Tres de estas amantes pasajeras se enzarzan en una feroz pelea por el presumido bandido. Sus ropas permiten deducir que Mou Mou (Julie Suedo) es una prostituta, Rose (Iris Gray) una obrera de fábrica y la tercera una vampiresa. 
Desobedeciendo a Pierre, Odile acude al Ataúd Blanco y es interceptada por Herman Stetz, un adinerado libertino que está arreglando la visita de su amante Zelie de Chaument (Isabel Jeans). Herman intenta propasarse con Odile, que en todo momento parece comprender sus intenciones pero es incapaz de actuar dada su naturaleza servil. La Rata detiene a Herman y lo expulsa amenazando matarlo la próxima vez.   
Ya sin la presencia incómoda de Odile, La Rata se dedica a lo que mejor sabe hacer, fanfarronear y rodearse de chicas guapas a las que, como digno apache de boina, camisa a rayas y cinturón muy ceñido, trata con bastante poca delicadeza: Maltrata a la atractiva Mou Mou por burlarse de Odile, y obliga a Rose y a la vampiresa a besarse. La cámara se recrea a gusto en la espléndida figura de Ivor Novello. Su hermoso rostro de rasgos casi perfectos y sonrisa encantadora es filmado desde todos los ángulos posibles; las luces acentúan las líneas afiladas de su cara empolvada y oscurecen sus labios pintados. Un deleite para sus admiradoras.


La hermosa y sofisticada Zelie llega al club. Aburrida de su glamorosa vida como mantenida de lujo, desea conocer las diversiones de los bajos fondos. Queda encandilada al ver una pelea a cuchillo entre La Rata y otro rufián, y luego una demostración de danza apache a cargo de La Rata y Mou Mou, quizás el momento más recordado de la película. Si bien no fue la primera vez que el cine mostró la entonces famosa danza apache, si fue la primera en que se hizo con actores conocidos y populares. Es imposible no disfrutar al ver a La Rata rasgando la falda de Mou Mou para bailar con ella de un modo libre y alocado. Lástima que la cámara se aparte de ellos en el mejor y más atrevido momento del baile. ¿Problemas con la censura? 
Seducida por el descaro y la arrogancia del guapo ladrón, Zelie inicia el acercamiento y Pierre no puede evitar sentirse atraído por su belleza y elegancia. Ella, reina en su mundo, piensa que puede hacer de La Rata su rey. A partir de aquí la historia de rufianes y chicas ligeras da paso a un dramón que desentona por completo con lo ya visto. 


Al día siguiente Herman recrimina a Zelie por su apasionamiento con La Rata. Ella le aclara que él sólo ha comprado su compañía, no su amor, y esto enfurece al celoso calavera, que rompe la relación. Poco después se presenta Pierre y hay un agradable momento entre ambos hasta que Zelie revela su conexión con Herman y que ella no citó a Pierre. 
Por supuesto, fue una trampa de Herman para tener el camino libre con Odile. El despiadado vicioso intenta violar a la muchacha pero La Rata logra llegar a tiempo y lo acuchilla, matándolo. Odile y Pierre se culpan del asesinato pero el comisario de policía, de manera bastante absurda, se niega a aceptar la versión de Pierre y arresta a Odile. 


Con Odile en la cárcel el presumido apache se desmorona. Abandona sus maneras y ropas rufianescas, y se convierte en un pobre manojo de temblores y llantos que deambula por las afueras de la prisión como un fantasma enloquecido. La policía sospecha que en realidad La Rata mató a Herman, pero insisten en no aceptar sus constantes afirmaciones al respecto. Esto no tiene sentido. Si el propio Pierre se acusa no existe razón para esperar la confirmación de un testigo. Él es un conocido ladrón y pendenciero al que la policía sigue desde hace tiempo, sin embargo cuando pueden prenderlo en forma permanente se niegan a hacerlo. Incluso dos policías, hartos de oírlo culparse del asesinato, van a dejarlo a su casa. 
Finalmente Odile es liberada por haber actuado en defensa propia, y la pareja reconoce su mutuo amor. 


La Rata es una adaptación de la exitosa obra teatral homónima coescrita por Constance Collier y el propio Ivor Novello bajo el seudónimo común de David L’Estrange. Al parecer Novello comenzó a escribirla en 1923 mientras Mae Marsh y él filmaban La rosa blanca (The white rose) a las órdenes de Griffith. La actriz luce perfecta como la timorata Odile, por lo que no es improbable que Novello creara el personaje para ella. Ambos actores tienen una gran química, pero el espíritu doméstico y burgués de Odile hace que el espectador se incline más hacia la amoral Zelie. Si se lo propusiera Zelie podría trastornar por completo el mundo de La Rata haciendo que Odile no sea ni siquiera un recuerdo. De hecho lo hace; el éxito de la película propició dos secuelas, El triunfo de La Rata (1926) y El regreso de La Rata (1929), donde Odile desaparece por completo y Zelie es la compañera de nuestra Rata. Más detalles al final. 
El éxito de La Rata no estuvo exento de polémica dado el giro espeluznante de la segunda mitad de la película. La escena del ataque sexual a Odile es más que incómoda; Herman parece un vampiro sediento cuando hunde su rostro lujurioso en la garganta de la indefensa muchacha. Su muerte y el arresto de Odile sólo oscurecen más el asunto, y al final queda la sensación de haber visto dos películas muy diferentes. Sin duda este giro argumental es el gran punto en contra de La Rata. El robo de joyas y los enfrentamientos con rivales, policías y ex amantes son reemplazados por un dramón lacrimoso, pesado y oscuro que no llega a cautivar.  
Por supuesto, pocos verán La Rata por su historia. Muchos se acercarán a ella por la fascinación que despierta el submundo criminal. Porque si los criminales son franceses, guapos y saben bailar, tanto mejor. Otros lo harán por Ivor Novello. Mae Marsh e Isabel Jeans tienen su público, pero la mayoría de las miradas son para Novello. Él es hermoso y atractivo de una manera única, y su estilo de actuación, exagerado en poses y gestos, es una marca personal; la sobreactuación no es irritante cuando la practican Novello y los astros del cine expresionista. Además aquí parece ser intencional. Novello creó el personaje de La Rata para sí mismo con la intención de parecer tan endiabladamente peligroso como seductor; con sus poses y amaneramiento sólo duplica su enorme atractivo. 


Rudolph Valentino intentó comprar los derechos de la obra cuando ya se estaba filmando, pero la productora británica se mantuvo firme en su negativa. Valentino carece del encanto andrógino de Novello, así que debe agradecerse la decisión. Pero incluso sin la presencia del galán de moda la película tuvo una gran acogida en Estados Unidos, país comúnmente reacio a aplaudir filmes extranjeros. Después de esto el camino estaba más que abierto para las secuelas, sin embargo ninguna logró la calidad ni el buen recibimiento de la original. 

El triunfo de La Rata (1926) y El retorno de La Rata (1929): Secuelas innecesarias
Pese a sus debilidades argumentales, La Rata se alza como una película interesante y a ratos divertida que transmite con bastante acierto una visión simpática del submundo criminal parisino. Incluso la historia de Odile y Herman puede gustar a quienes prefieran algo más oscuro que lo mostrado en la primera mitad del filme. Lamentablemente lo divertido y lo oscuro desaparecen de las secuelas, perdiéndose por completo el espíritu y rumbo de la obra original. Ambas películas acaban siendo un intento débil y mal planteado de continuar de manera forzada una historia ya terminada. Graham Cutts sigue siendo el director y Novello y Jeans repiten sus roles, pero todo es diferente, aburrido y hasta ridículo. 
En El triunfo de La Rata Zelie ha conseguido convertir a Pierre en un joven de la buena sociedad. Eso al menos en apariencia, ya que en realidad es sostenido por ella con dinero de su nuevo amante. A su vez Pierre mantiene en alto El Ataúd Blanco. El protector de Zelie debe ser el hombre más rico de Francia si es capaz de distribuir tanto dinero. 


Celosa del interés que Pierre muestra en la joven aristócrata Madeleine de I’Orme (Nina Vanna), Zelie le recuerda quien es en verdad. Pierre se molesta y le apuesta que puede conquistar a Madeleine. Obviamente lo consigue, pero siguiendo el cliché de este tipo de historias acaba perdidamente enamorado de ella y ambos se comprometen. Zelie revela la verdad a Madeleine y ésta rompe el compromiso, sin embargo eso no es suficiente para el orgullo herido de la vengativa cortesana. Zelie decide destruir a Pierre y logra hacerlo. Sin su protección el ex apache decae rápidamente hasta acabar convertido en un indigente que por hambre llega al extremo de robar un hueso a un perro. Al final, expulsado incluso del Ataúd Blanco, se pierde en la noche.  
El desarrollo y final de la historia parecen el sueño de un sádico que gozara de ver sufrir a un hombre hermoso. Ivor se afea, ensucia y rebaja de un modo que llega al patetismo más extremo. El desenlace, con todas las chicas (y algunos chicos) del Ataúd Blanco llorando por la caída del otrora glorioso apache, es quizá el mejor momento del filme pese a su regusto amargo. Dado lo mucho que Novello parecía gustar de los roles de víctima, es comprensible que aceptara el sorprendente, cruel y melodramático giro de la historia de Pierre Boucheron. Una mención especial para Mou Mou, la única que permanece fiel a Pierre hasta el final.  
¿Y Odile? Ni siquiera es mencionada, así que elijo creer que acabó por hacerse monja o misionera al comprender por fin la gran diferencia entre sus intereses y los de Pierre.  


El retorno de La Rata inicia con Pierre y Zelie casados y moviéndose en el gran mundo de las apariencias. Hay que suponer que Pierre aprendió su dura lección y regresó de rodillas a los brazos de su dueña. ¿Y este hombre subyugado y mantenido por una prostituta de lujo es el mismo que tenía a sus pies a todo el submundo criminal parisino? Cuesta creerlo.
Pierre se muestra preocupado por los gastos excesivos de su esposa y de inmediato olemos que algo está podrido en Paris. ¿De que vive esta elegante pareja sin fortuna personal? De que Zelie no se ha retirado del oficio más antiguo, continúa ejerciéndolo a espaldas de su marido. Pierre descubre a Zelie con Henri (Bernard Nedell), el protector de turno, y desafía a este a un duelo de floretes. ¿Los franceses todavía hacían esas cosas en 1929? De todos modos Pierre se casó con una prostituta, no hay honor que reparar. ¿De qué imaginaba que estaban viviendo si él no trabaja y ya no roba? 
Pierre es dado por muerto en el duelo, circunstancia que aprovecha para escapar de aquel mundo y volver a su vida como La Rata. ¿No hubo constatación médica, funeral ni entierro? Pero el apache Morel (Gordon Arker) se ha alzado como el nuevo señor del submundo criminal y no está dispuesto a ceder su lugar a La Rata. Morel es un villano grotesco y sobreactuado que parece sacado de una película cómica de 1909: Insultantemente feo y siempre con expresión adusta, un ojo cerrado y la boca fruncida a perpetuidad en una mueca agria. 
La Rata consigue recuperar su lugar tras una pelea, pero todo se complica cuando descubre que Zelie se casará con Henri y decide impedirlo en lugar de aprovechar la ocasión para librarse definitivamente de tan peligrosa compañera. En un nuevo giro extraño Zelie también es dada por muerta, y Henry se consigue otra cortesana de lujo. Tras algunos giros más Morel es llevado a prisión y La Rata y su nueva chica, Lisette (Mabel Poulton), una mala mezcla de Odile y Mou Mou, se alejan para continuar sus aventuras. 


La película pretende recuperar el espíritu de la obra original devolviendo parte del protagonismo al bajo mundo del Ataúd Blanco y filmando otra vez al bello Novello desde todos los ángulos favorables posibles, mas se queda sólo en la intención. La historia es tan absurda y forzada que pareciera haber sido inventada en el mismo set de filmación, y los personajes no logran ser agradables ni creíbles. Pierre y Zelie han perdido su carácter, y por el lado de los nuevos, Lisette (en reemplazo de Mou Mou, que está muerta) es demasiado vulgar, Morel es una caricatura y los dos amigos incluidos como innecesario alivio cómico sólo consiguen irritar. Por suerte el final abierto no dio paso a una cuarta parte. Ni por la hermosa cara de Ivor Novello podría resistir la tortura de ver otra horrible película de La Rata. 

Por su ambientación, atractivos personajes y agilidad, La Rata es una película muy recomendable si no se espera de ella más que un poco de diversión. Su visionado, y el de sus horribles secuelas, es imprescindible para las admiradoras de Ivor Novello, aunque recomiendo ver las secuelas sin esperar otra cosa que una dosis extra de Novello. Si se espera verlo en algo mejor, siempre está disponible El inquilino.