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22/03/2024

La cabaña encantada (John. S. Robertson, 1924)

La cabaña encantada (The Enchanted Cottage) es una sorprendente y profunda película sobre la percepción emocional e intelectual de la belleza, y una de las obras maestras menos conocidas del cine silente.


Resumen: ALERTA DE SPOILER
El joven Oliver Bashforth (Richard Barthelmess) regresa de la Primera Guerra Mundial con un severo daño físico y sin posibilidades de recuperación; antes guapo y gallardo, ahora se inclina sobre un bastón moviéndose con dificultad. Su adinerada familia es incapaz de empatizar con él: Su madre (Ida Waterman) y su padrastro (Alfred Hickman) carecen de imaginación y su hermana mayor Ethel (Florence Short) es brusca y autoritaria; los tres opinan que Oliver debe olvidar lo sucedido y continuar su vida.
Sin el menor tacto la familia organiza una exhibición de destreza ecuestre a la que asiste Beatrice (Marion Coakley), novia de Oliver desde antes de la guerra. Beatrice está enamorada de un amigo de la familia pero se niega a romper el antiguo compromiso afirmando de manera presuntuosa: "No puedo decirle a Oliver que no lo amo. No puedo. Soy todo lo que la Guerra le ha dejado". Un pequeño accidente revela la verdad; Oliver desea felicidad a la pareja y después se retrae a la amargura y el dolor, abandonando el contacto social.


Tras meses de vagabundeos solitarios, Oliver se refugia en una cabaña adjunta a un pueblecito rural. Enclaustrado a oscuras y sin recibir a nadie, su melancolía empeora hasta llegar a la misantropía. El ama de llaves, la señora Minnett (Ethel Wright), intuye su dolor y piensa que Laura Pennington (May McAvoy) podría ayudarlo. Laura es fea pero amable; cuida de varios niños del pueblo y estos la adoran por su alegría y simpatía. Para los niños Laura es hermosa pero su amigo el Mayor Hillgrove (Holmes Herbert), ciego desde la Guerra, sabe que es fea. Él asegura poder percibir lo que ven los demás. 
Un día el alboroto de los niños jugando en el exterior exaspera al amargado Oliver e intensifica sus ahora habituales dolores de cabeza. Sale al jardín y mira a Laura con tal irritación que la joven queda paralizada. Oliver vuelve a entrar, Laura hace callar a los niños y la señora Minnett le habla del dolor y soledad del joven. Apenada, Laura se propone hacer algo por él. Llama a la puerta de la cabaña hasta que el huraño Oliver la invita a entrar. Incómodo y enojado por la intromisión, la mira con ceño adusto. Laura se disculpa por haberlo molestado antes; ella y los demás no sabían que la "Cabaña Luna de Miel" estuviera habitada. Explica que la llaman así porque durante siglos ha sido costumbre prestarla a los recién casados. La molestia de Oliver se intensifica y Laura, turbada, ofrece tímida y amablemente presentarle a algunas personas que podrían ayudarlo a mitigar su soledad. Oliver replica de mala manera: "Vine aquí con el propósito de estar solo. Cuanto menos vea a la gente mejor me sentiré". Laura se marcha ofendida y triste.


De pronto Oliver es consciente de su grosera actitud; sale tras Laura y se disculpa; explica de los fuertes dolores de cabeza que sufre. Laura conoce un remedio y va a buscarlo al pueblo de inmediato. Su amabilidad impresiona a Oliver. Menos adusto, consulta a la señora Minnett y esta explica: "Ella es terriblemente pobre y está completamente sola en el mundo pero le sobra amabilidad para todos". Laura consulta al mayor Hillgrove y él le cuenta que Oliver estuvo en la división aerea y que solían charlar en el hospital.
Ethel llega poco después con su brusquedad habitual; llama a gritos, abre las cortinas de la sala, le quita los cigarrillos a Oliver y declara su intención de mudarse con él para cuidarlo. Asustado de la segura destrucción de sus nervios, Oliver se opone; jamás se han llevado muy bien y él se siente peor que nunca. Ethel, siempre ruda, mandona y prepotente, se niega a oírlo aunque se marcha de momento.


Laura regresa del pueblo con el medicamento. Encuentra a Oliver en el jardín furioso y con el dolor de cabeza más fuerte que nunca. Solícita, Laura le mezcla y da a beber el remedio, le trae tabaco y oye sus quejas. Oliver explica el desagradable plan de su hermana y Laura dice que podría intentarlo. Declara: "En las largas tardes es terrible no tener nadie que te lea o juegue contigo a las cartas; nadie que llene tu pipa o charle contigo sobre las noticias de los periódicos. Uno necesita compañía cuando el viento gime por la chimenea y el fuego silba ante la lluvia. Yo lo sé". Oliver la escucha con creciente atención. Gradualmente una idea acaba por tomar forma: "Tienes razón. A veces me siento desesperadamente miserable. Tú no puedes ser más feliz. Los dos estaremos muy bien en el mismo bote... No te asustes por lo que voy a proponerte. ¿Dejas tu alojamiento y te mudas aquí? Primero nos casaríamos, por supuesto... Eso mantendría lejos a mi estridente hermana. Es una gran idea". 
Laura le pregunta por qué no se casa con una chica bonita si la intención del matrimonio es mantener alejada a su familia. Oliver contesta: "¡Bonito marido para una chica linda!". Laura entiende que Oliver la está eligiendo por ser fea y esta cruel verdad la hace llorar. Oliver sólo empeora las cosas al decir que ella "no se pondría nerviosa" con él. "Sé que no habría nada romántico en ello, pero pensé que tal vez podrías llegar a compadecerte de mí", agrega. Laura explica afligida: "Se que soy fea... pero es chocante que te lo digan tan bruscamente... Verá, incluso las mujeres feas tienen sus sueños. Sueños estúpidos en los que son amadas y deseadas. Habría que evitarles un despertar tan brusco". Oliver lamenta sinceramente su rudeza; se disculpa e intenta que Laura se quede a tomar el té con él pero ella se marcha apesadumbrada aunque acepta verlo después. 


El día elegido por Ethel para trasladarse a la cabaña la familia recibe una carta de Oliver comunicando su matrimonio con Laura. Exasperados, los tres sólo piensan en las murmuraciones de sus amigos.
En la cabaña, los infelices recién casados descubren los nombres de parejas que antes estuvieron ahí grabados en el vidrio de una ventana. Los imaginan hermosos y galantes. Oliver se pregunta qué pensarían de ellos esas parejas hermosas y felices, y su melancolía se intensifica. Al mismo tiempo, los fantasmas de estas parejas entran en la cabaña y se dirigen a la alcoba nupcial.
Oliver y Laura comparten una triste cena. Él observa a su esposa con velada ternura; está empezando a amarla pero todavía lo ignora. Hace un esfuerzo por animarla brindando por ella. Laura acepta el brindis y enseguida rompe a llorar. Está enamorada de Oliver y le duele que él la considere sólo una amiga. 


La pareja se sienta frente a la chimenea en silenciosa compañía. Cuando el fuego se consume Laura se adelanta al dormitorio. Oliver desea seguirla pero no se atreve. Sola en su bata nupcial, Laura aguarda sin esperanza. Los fantasmas de las hermosas novias se aproximan a ella y Laura rompe a llorar ante tanta belleza, ahuyenténdolas. Oliver la oye y entra en la habitación. Laura solloza con tal desespero que Oliver, entendiendo mal, le pide perdón. Laura explica: "Soy tan fea que soy una burla para los recuerdos que persisten aquí". Conmovido, Oliver replica  con total sinceridad: "Todo lo que veo es tu abnegación y ternura... Qué ciego he sido. Eres hermosa... Hermosa y atada a una ruina como yo". Sobrecogido por el dolor, Oliver se dirige a la puerta pero Laura lo detiene y confiesa: "Tú eres maravilloso para mí". Entonces sucede el milagro: Ambos se convierten tanto en lo que desearían ser como en lo que el otro ve: Laura es hermosa y Oliver está sano.


Enamorados y felices pero inseguros del mágico cambio, Oliver y Laura sólo salen de noche y no se dejan ver por nadie. Finalmente, y no sin aprensión, invitan a la familia de Oliver a conocer a Laura. El día anterior a la visita van con el Mayor Hillgrove y le relatan su historia; él les aconseja aceptar todo como un milagro y agrega que también espera el suyo, recuperar la vista.
Al día siguiente el Mayor aguarda en la sala de la cabaña. Oliver le pide que explique a la familia lo ocurrido y que toque un pequeño gong cuando estén listos para verlos. En el dormitorio se reune con Laura. Ella estrena un delicado vestido que realza su belleza y él le trae flores. 
La familia llega; Ethel gritando y los padres sin notar que el Mayor es ciego pese a los gestos de la señora Minnett al respecto. El Mayor cuenta de la milagrosa transformación de la pareja pero la mundana y nada delicada familia se molesta y resiste a creer la historia. Tras una tensa espera para Oliver y Laura, suena el gong. La atractiva y esbelta pareja desciende y el encanto no envuelve a la familia; ven a Oliver tan maltrecho como antes y Laura es realmente fea. El desagradable trío saluda a Laura con fría cortesía y le lanza miradas de curiosidad e incomprensión; ante la insistencia de Oliver en afirmar que está sano acaban por decidir que se volvió loco y se marchan. 


Laura llora en el pecho del Mayor y Oliver no comprende nada. Entonces el Mayor toca el rostro de Laura y él tampoco percibe el cambio. Dice que sólo fue una ilusión. Deseperada, herida, Laura corre a refugiarse al dormitorio. Llorando suplica a Dios que la haga hermosa para que Oliver pueda amarla. Oliver, confundido y violento, la deja sola por un rato. 
Cuando finalmente Oliver va al dormitorio Laura se ha quedado dormida de tanto llorar. Oliver se recuesta junto a la cama y al amanecer ambos se ven hermosos y saludables. Entonces deciden que no importa lo que los demás vean sino lo que ellos ven en el otro y que sus hijos serán felices y hermosos. 


La cabaña encantada es una de las películas más inteligentes e inspiradoras del cine silente; su historia de fealdad, soledad y amor lleva a la reflexión y empatía. 
Los actores protagonistas brillan en su caracterización de personas físicamente desfavorecidas. El departamento de maquillaje hizo en ellos un trabajo admirable. Richard Barthelmess se retuerce, encorva y cojea, frunce el ceño y lleva gruesas ojeras; May McAvoy se afea con dientes de conejo y una nariz grande y quebrada que se ven muy realistas. Ambos ejecutan gestos precisos que revelan tanto el tormento del dolor y la soledad como la grandeza del amor. Son una pareja perfecta con la que se puede conectar; uno anhela que alcancen la felicidad. 
Richard Barthelmess utilizó su influencia como estrella para conseguir un control creativo envidiable en las películas donde participó. La calidad es la marca de sus películas y acá es muy notoria. 
May McAvoy fue una actriz independiente que consiguió labrarse un buen nombre, mas también parecía considerarse una estrella a la altura de Mary Pickford o Lillian Gish. Tuvo fricciones con Barthelmess y no volvieron a trabajar juntos.
El diseño de la cabaña mágica cruza una casa de campo inglesa con la idea de una casita de cuentos de hadas. En ella todo parece mágico y evocador, especialmente el jardín, creado con plantas reales y adornado con una fuente.
La película fue un fracaso comercial, aunque según la revista Motion Picture fue la novena mejor del año. Su tema se consideró demasiado cerebral para el espectador promedio. Hoy es un filme que todavía necesita un redescubrimiento por parte del público. Absolutamente imprescindible.


26/01/2024

Doctor Jekyll y Mr. Hyde (John S. Robertson, 1920)

Esta terrorífica producción es la película que consagró a John Barrymore como actor de cine, transformándolo en una estrella de la pantalla. Doctor Jekyll and Mr. Hyde (John S. Robertson, 1920) no fue la primera adaptación al cine de la famosa novela corta de Robert Louis Stevenson, pero sí la primera gran película americana de terror y una de las mejores del más famoso de los Barrymore en su etapa silente.

 
Resumen: ALERTA DE SPOILER
Henry Jekyll (John Barrymore) es un médico joven, guapo y adinerado que financia y atiende una clínica gratuita para los más pobres de Londres. Su filantropía y buen comportamiento son alabados por su colega y amigo Richard Lanyon (Charles Lane), y cuestionados por sir George Carewe (Brandon Hurst), un cínico libertino que ha "educado" a su única hija, Millicent (Martha Mansfield), en la ignorancia y la ingenuidad. El abogado John Utterson (J. Malcolm Dunn) corteja a Millicent pero ella prefiere a Jekyll, admirada de su dedicación y entrega a los más desvalidos.


Una noche en que se le espera para cenar en casa de Carewe, Jekyll se retrasa atendiendo a los pobres. Tras la cena los hombres hablan de él. Contra la opinión de los demás, Carewe afirma que ningún hombre puede ser tan bueno como parece. Cuando Jekyll por fin se presenta Carewe empieza a minar sus ideas altruistas con una implacable filosofía hedonista. Insiste tanto que finalmente Jekyll se intranquiliza y duda de sí mismo.


Para tentarlo, Carewe lo conduce al cabaret donde se presenta la bailarina Gina (Nita Naldi). El soso baile de la joven italiana atrae la atención de Jekyll y de Carewe, que la invita a reunirse con ellos; Gina no muestra entusiasmo alguno por Carewe, al contrario, pero el hermoso doctor Jekyll enciende su mirada. Se acerca a él y lo abraza con la intención de besarlo. Jekyll se paraliza de asombro al sentir despertar sus deseos más oscuros y entonces, asustado, huye.


El doctor Lanyon acompaña a casa al perturbado Jekyll. Dominado por anhelos hasta ese momento dormidos, Jekyll comenta lo maravilloso que sería poder separar las dos naturalezas humanas para ceder a toda tentación sin dañar el alma. Piensa que la ciencia podría lograrlo. Parece tan alucinado con la idea que el conservador Richard, siempre opuesto a los experimentos e investigaciones de su visionario colega, se marcha molesto dejándolo solo con sus peligosos pensamientos.


Entregado por completo a sus nuevos planes, Jekyll experimenta en su laboratorio durante días hasta por fin obtener la fórmula de un bebedizo que realizará su deseo. La pócima está lista y Jekyll ahora duda... Pero las palabras de Carewe vuelven a su memoria y lo deciden. Bebe y la poción parece quemar su garganta. Luego, entre sacudidas convulsivas, el hermoso y elegante médico se transforma en un tipo feo y vulgar de largos dedos ahuesados. 


Esto lo sorprende; no esperaba un cambio físico tan profundo. Se toca el rostro y enseguida corre a la casa para verse a un espejo: Tiene la espalda curva, el cabello largo y despeinado, los rasgos afilados y marcados, y expresión viciosa. Parece conforme. ¿Puede, sin embargo, regresar a su estado normal? Hace una remezcla, la bebe, vuelve ante el espejo y se mira con precaución. Sí, ahí está su bonito rostro.


Jekyll llama a su "máscara" Eduard Hyde. Bajo esta identidad arrienda habitaciones en una sórdida calle del Soho y empieza a permitirse todo lo que como Jekyll nunca pudo. Primero el tabaco, el alcohol y Gina. A ella le desagrada y asusta su nuevo "admirador" aunque no puede rechazarlo. Hyde le pregunta por un llamativo anillo que usa y ella cuenta que perteneció a los Borgia; se utilizaba para guardar veneno. Hyde se lo apropia.


Anticipándose a posibles complicaciones, Jekyll hace testamento a favor de Hyde para el caso de su muerte o desaparición. Lanyon y Utterson, presentes como testigo y abogado respectivamente, cuestionan el testamento. Jekyll se niega a dar explicaciones y estampa su firma; en su mano lleva el anillo de Gina.


Lanyon aconseja a Jekyll interesarse en Millicent. Él no lo oye y se hunde más y más en la disipación, sembrando un camino de víctimas. Gina es la primera. Hyde la echa a la calle tras un tiempo de convivencia y la joven no encuentra otra opción que convertirse en prostituta.
Mientras más malo, más feo y deforme se hace Hyde. Entonces Jekyll, saciado y agotado, pide matrimonio a Millicent pensando que su "buena" influencia contendrá los anhelos perversos de su alma. Por un tiempo parece hacerlo, pero luego Hyde resurge y más canalla y repulsivo que antes: Más sucio, más encorvado, con la cabeza deformada en una especie de cono, el cabello grasoso, las facciones muy marcadas y mirada diabólica.

 
En un antro de mala muerte Hyde se reencuentra con Gina. Maltratada por la mala vida, la antigua bailarina es una sombra de lo que fuera. Hyde se burla cruelmente de ella y de otra prostituta, y pide una más joven. La aterrorizada muchacha, impotente, se somete al abrazo del cada vez más horrible, salaz y perverso Hyde.
Sumido en esta vida de libertinaje, Jekyll casi no visita a su novia y Carewe decide averiguar el motivo.

 
De regreso de sus correrías nocturnas, Hyde choca en la calle con un niño al que pisotea adrede. El libertino ya es un monstruo depravado. Carewe y Utterson intervienen y el villano ofrece dinero al padre del niño pero por error firma el cheque con el nombre de Jekyll, confundiendo a los dos amigos.
Alertado por los recientes acontecimientos, Jekyll comprende que Hyde amenaza apoderarse por entero de él. Carewe lo visita en el laboratorio y cuestiona su relación con Hyde. Enojado, Jekyll lo acusa de haber sido él quien lo corrompió induciéndolo al mal, y entonces sucede lo inesperado: Se convierte en Hyde sin beber la pócima. El monstruo se abalanza contra el sorprendido y aterrorizado Carewe y trata de estrangularlo; el hombre huye seguido por Hyde, que lo atrapa, lo muerde en el cuello y lo mata a bastonazos con alegre placer. Enseguida corre hasta su habitación en el Soho para quemar papeles y el bastón incriminatorios. La policía, alertada por los sirvientes de Jekyll, sigue su rastro. Hyde vuelve al laboratorio y mezcla la fórmula para retornar a ser Jekyll cuanto antes. Luego se reune con los demás, incluida Millicent.


Por la noche Jekyll experimenta una horrible pesadilla en que Hyde, bajo la forma de una araña gigante, se arrastra hasta su cama y entra en él. Es Hyde quien despierta. Ahora no hay duda de que la parte mala ha tomado el control. 
Agotada la reserva de la pócima que le permite contener la transformación, Jekyll se encierra en el laboratorio por días negándose a ver a nadie. La desesperación lo pone al borde de la locura; luce demacrado, ojeroso y desaseado. 
Pensando que la ingenua Millicent ayudará en algo, Lanyon y Utterson la llevan con Jekyll. Pero cuando la joven llama a la puerta del laboratorio y Jekyll va a abrir, empieza la transformación. Sabiendo que el maligno Hyde agredirá a Millicent, el angustiado Jekyll sólo ve una manera de salvarla: Rápidamente ingiere un veneno que guarda en el anillo de Gina. El tósigo actúa con algo de lentitud y Hyde abre la puerta. Millicent entra y se enfrenta al lascivo Hyde, que la abraza con la intención de forzarla. Afortunadamente el veneno cumple su función antes de que el malvado pueda convertir a la muchacha en su víctima.


Millicent huye del laboratorio y Utterson entra y ve el cadáver de Hyde convirtiéndose en Jekyll, otra vez limpio, saludable, hermoso y sereno. Comprende todo y al ver el anillo dice que el sacrificio de Jekyll por Millecent fue su expiación. 


Una película de engañosa ambiguedad; tuve que visualizarla un par veces para llegar a apreciar su magnitud temática: Las máscaras sociales, el libre albedrío, el autoengaño, los contrastes de clase y moralidad, la dicotomía entre el libertinaje y la castidad, la ciencia y la religión... Doctor Jekyll y Mr. Hyde toca todo esto y más. Tras su propia máscara de película de terror hay una profundidad mayor.
Pero antes que nada es una gran película de terror. La ambientación victoriana, brumosa y oscura, prefigura el paisaje y la atmósfera de las exitosas cintas terroríficas de los años 30 (Drácula, Frankenstein, El hombre invisible...), también adaptaciones de obras literarias británicas, además de definir las posteriores versiones del libro: Jekyll como un hombre joven y bueno, Hyde como un monstruo espantoso, y la inclusión de un interés amoroso.
John Barrymore es absolutamente convincente, lo entrega todo en su compleja caracterización del apuesto, amable y caritativo doctor Jekyll reconvertido en el espantoso, malvado y despreciable Hyde. Su talento actoral y atractivo físico es primordial para mantener la película, sin Barrymore no funcionaría tanto. 
La memorable escena de la transformación sigue sorprendiendo. Barrymore oscila con efectividad entre el desenfreno y la mesura; se agita convulsivamente, gesticula, se desordena el cabello... Y así, los bellos y delicados rasgos de Barrymore se crispan en el rostro viciado de Hyde. 


Del resto de actores destaca la futura vampiresa Nita Naldi, espléndida como la bailarina atraida por Jekyll y arruinada por Hyde. Los demás sólo cumplen con sus roles de comparsas de Barrymore.
La película fue un éxito de taquilla y crítica y catapultó a la fama a John Barrymore, Nita Naldi y Martha Mansfield. El director John S. Robertson desarrolló una carrera más discreta, sin embargo consiguió dirigir otros filmes dramáticos imprescindibles: Tess of the Storm Country (1922), con Mary Pickford, y la obra maestra Captain Salvation (1927), con Lars Hanson.

 
Doctor Jekyll y Mr. Hyde es una película que ningún aficionado al cine silente y el terror clásico puede ignorar. Para los admiradores de John Barrymore su visionado es obligatorio. Él es simplemente extraordinario y como Jekyll su hermosura se ve resaltada con los elegantes trajes de caballero victoriano:

El Jekyll más guapo y elegante del cine.

Encontré estos dibujos de Jekyll y Gina en Pinterest. 

 
¡Este otro lo realizó el propio John Barrymore!:
 
 
Total y absolutamente recomendable.