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22/08/2025

Películas de Murnau de menos a más

Las 12 películas de F.W. Murnau que sobreviven han tenido un recorrido azaroso:
El camino hacia la noche se consideró semiperdida hasta 1980 y sólo en 2016 se realizó una restauración completa.
La tierra en llamas estuvo desaparecida hasta 1978, cuando se descubrió una copia casi completa en la colección particular de un sacerdote italiano que regularmente proyectaba películas antiguas en clínicas psiquiátricas.
Nosferatu siempre estuvo disponible en copias de distintas versiones montadas para la distribución internacional; la original alemana se tenía por irremediablemente perdida pero a principios de 1990 se encontró una copia en la Cinemateca Francesa. En 1995 se efectuó una primera reparación a esta copia; entre 2005 y 2006 se volvió a restaurar, agregándole la música original, y se lanzó en DVD.
Fantasma se creyó perdida durante 80 años; en 2002 apareció en Moscú un negativo original de la versión europea, que fue recuperado y restaurado por la Fundación Murnau.
Tartufo se considera "no oficialmente perdida". La versión existente es una copia de un montaje internacional.

Postal francesa de La tierra en llamas.
 
El camino hacia la noche antes y después de ser restaurada. 
 

Películas de menos a más
El lugar de cada película en la lista corresponde mayoritariamente a mi apreciación personal de la misma y de lo que espero ver en un filme de Murnau. Para mí, la emoción despertada por el ritmo, la historia, los actores y la técnica de una película determinan su valor por sobre cualquier opinión de la crítica especializada.


12) El castillo Vogelod
(Schloss Vogelöd, 1921, Alemania)
La exquisita atmósfera de un suntuoso castillo señorial, la alta sociedad reunida para la tradicional cacería de zorros, oscuros secreto de familia, la sospecha de un fratricidio... 
El castillo Vogelod es un kammerspielfilm desarrollado en un  escenario elegante, con buenas actuaciones y una historia potencialmente interesante, pero todo lo positivo se pierde frente a un exceso de diálogos y personajes nimios. La madeja "misteriosa" es fácil de desenredar, mas se prolonga con tan exasperante lentitud que llega al aburrimiento. En conjunto, todos estos elementos hacen de El castillo Vogelod la menos interesante y más soporífera película de Murnau. 

11) Fantasma
(Phantom, 1922, Alemania)
Relato moralizante de la caída y redención de un humilde y apacible funcionario público entregado en exceso a la ensoñación. Lorenz Lubota (Alfred Abel) vive en las nubes; se obsesiona hasta la locura con una hermosa dama tras verla sólo una vez y con la idea de triunfar como poeta por recibir elogios de un librero. Puesto casi en trance, cae en manos de un ladrón y un par de cazafortunas.
A nivel técnico Fantasma está muy bien. Tiene actores conocidos, buena fotografía y hermosos efectos visuales. Hay varias tramas paralelas interesantes entrelazadas a la del romántico otoñal (los personajes femeninos son los más desarrollados), pero Fantasma no consigue dejar de ser un filme flojo demasiado alargado y con un protagonista débil, cobarde e idiotizado que comete una estupidez tras otra. La tía prestamista Schwibe, magníficamente interpretada por una aterradora Grete Berger, y la hermana menor Melitta (Aud Egede-Nissen), le roban la película al irritante protagonista. Sólo para completistas de Murnau y admiradores de alguien del elenco.

10) Las finanzas del gran Duque
(Die finanzen des grossherzogs, 1924, Alemania)
Un intento de comedia con resultados medianos. Murnau se movía con habilidad en el drama pero la comedia pura no era lo suyo. Aquí revuelve lo cómico con el serial y la extraña mezcla funciona a ratos: Cambios de escenarios, conspiraciones políticas, especulaciones financieras, identidades ocultas, ricachones aventureros, la realeza rusa... Todo tratado con ironía mas sin profundizar en nada. Entretenida, simpática pero irrelevante. 

9) Tartufo
(Herr Tartüff, 1925, Alemania)
Una película de encargo que sobrevive a partir de versiones alternas. Los personajes de la sátira de Moliere se redujeron significativamente, se agregó una historia de marco como contraste y se arrojó la lanza contra los hipócritas. Funciona mejor de lo pensado, especialmente por el magnífico trabajo de cámara de Karl Freund y las acertadísimas caracterizaciones de Emil Jannings como el hipócrita Tartufo, Lil Dagover como la bella Elmira y Rosa Valetti como la engañosa ama de llaves... Pero al final la película se hace pesada por el abuso de intertítulos, una cierta carencia de ritmo y, en menor medida, la falta de personajes secundarios. La historia de encuadre termina siendo más interesante que la principal
Graciosa, visualmente hermosa, atmosférica y original, sin embargo Tartufo se queda en un "quizás..."

(Der gang in die nacht, 1921, Alemania)
La más antigua de las películas sobrevivientes de Murnau, y la única existente de las cuatro donde dirigió al mítico Conrad Veidt, es un drama amoroso de intenso simbolismo en que el destino, la pasión y las fuerzas de la naturaleza tuercen las vidas de cuatro personas.
Filme de enorme belleza visual, la potencia histriónica de los figurantes y la lentitud de ciertos pasajes hace difícil su visualización para el espectador promedio, lo que la desplaza significativamente del lugar que merece.

7) City Girl
(1930, Estados Unidos)
La historia de una camarera citadina casada abruptamente con un joven campesino sirve de arranque a Murnau para un alegato contra la discriminación y los prejuicios: En oposición a Amanecer, City Girl toma partido por la chica de la ciudad; ella es la víctima, degradada y asediada por zafios campesinos. 
La película está exenta del toque germano característico de las obras anteriores de Murnau. El realismo de la narración es claro; City Girl no difiere mucho del promedio de películas campesinas de la época incluso en su desenlace impostado. En resumen: Una historia sencilla -y a ratos desagradable- narrada con maestría; nada más.

6) La tierra en llamas
(Der brennende acker, 1922, Alemania)
Rivalidades de familia, codicia desmedida, celos, tierras malditas, un tesoro escondido, paisajes fríos y desolados... En 1922 Murnau finalizaba su aprendizaje y entraba en la categoría de gran cineasta. Este sofisticado drama rural con tintes sobrenaturales y escenarios melancólicos es prueba de ello: Hay un clima gélido permanente; el paisaje exterior cubierto de nieve es simil del diseño interior del castillo Roghof. La fotografía y encuadre son hermosos y Murnau dirige con habilidad; Stella Arbenina es sutil y conmovedora, y Lya de Putti es convincente, pero Alfred Abel está desperdiciado en un rol menor prescindible y Vladimir Gajidarov se ve un poco rígido.
La historia misma se desarrolla con facilidad y buen ritmo, mas se derrumba en un desenlace ambiguo y falaz que calla ante al irreparable daño causado por el oportunista trepador, destruyendo toda la intensidad dramática anterior.
Gratificante aunque convencional.

5) Tabú
(Tabu: A story of the south seas, 1931, Estados Unidos)
Bella y desgarradora historia de amor prohibido en los paisajes de ensueño de la Polinesia. Murnau se despide del cine con este poema en imágenes, canto a  un amor sublime capaz de enfrentar todos los obstáculos para su consumación pero condenado por dioses de piedra y códigos arcaicos que encadenan a la mujer. 
Mitad documental etnográfico, mitad drama clasico, Tabú es la obra maestra menos popular de Murnau. Su atrevido contenido (actores no blancos, tribus indígenas y religiones primitivas) la hace poco apreciada, sin embargo su rico exotismo, la impresionante naturalidad de su filmación y uno de los desenlaces más formidables, trágicos e inolvidables de la historia del cine, convierten a Tabú en una joya a revalorizar. 

4) El último
(Der letzte mann, 1924, Alemania)
La degradación del viejo portero de un lujoso hotel berlinés narrada con toda la habilidad de un Murnau en la cima de su talento. Junto a Karl Freund, libera la cámara con total audacia y maestría para contar una historia devastadora devenida en comedia: Largos seguimientos, primeros planos experimentales, enfoques subjetivos, montaje dialéctico, movimientos fluidos, perspectivas forzadas... 
Como el anciano desplazado, el portentoso Emil Jannings entrega una de sus más brillantes actuaciones. El actor tenía sólo 40 años cuando interpretó al añoso portero, dando a partes iguales magnificencia y patetismo, orgullo y humildad, alegría y dolor. Su transformación de una figura pomposa y bien erguida a un anciano vacilante y encorvado, testimonia su gran talento.
El último resulta en una exposición de la vanidad y la crueldad, de la deshumanización y la pérdida de la dignidad, de las horribles sombras de la realidad, y una acusación del maltrato a los ancianos en la sociedad moderna.
Un completo hito técnico y artístico, y una película imprescindible. 

3) Fausto
(Faust – eine deutsche volkssage, 1926, Alemania)
(No me extenderé mucho respecto a las tres mejores películas de Murnau. Ya se ha hecho muchas veces y con más fluidez en otros lugares).
Fausto es una de las películas más bellas de Murnau y del cine en general; una historia épica donde la lucha celestial entre el Bien y el Mal es definida por las obras de un solo hombre, un sabio medieval dividido entre la bondad y el egoísmo, la razón y el sin sentido, el deseo y el amor, la condena y la redención. 
La película cuenta con sólidas actuaciones del apuesto Gösta Ekman como Fausto (¡viejo y joven!), la hermosa Camilla Horn como la trágica Gretchen y  el extraordinario Emil Jannings como el miserable y canallesco Mefisto. Posee una excelente fotografía, ingeniosos y eficaces trucos visuales y notables decorados. 
Una auténtica joya del cine.

2) Nosferatu
(Nosferatu, eine symphonie des grauens, 1922, Alemania)
La primera película de vampiros y una obra maestra absoluta de principio a fin. Historia de amor y sacrificio; cuento de horror y muerte; tratado de vampirismo y navegación; lucha de la ciencia y la fe...
Cine total.

1) Amanecer
(Sunrise: A Song of Two Humans, 1927, Estados Unidos)
Una de las mejores películas de toda la historia del cine y mi favorita de Murnau. Una canción de amor recuperado y revitalizado; del poder absoluto y triunfante del verdadero y más puro Amor. 
Perfecta en todo sentido. Absolutamente imprescindible.
 
 

03/11/2023

El camino hacia la noche (F.W. Murnau, 1921)

La más antigua película de Friedrich Wilhelm Murnau que se conserva completa y la única sobreviviente de las cuatro en que dirigió a Conrad Veidt. Presentada como un drama pasional, la historia de El camino hacia la noche (Der gang in die nacht) es en realidad una alegoría acerca de lo frágil de la razón humana frente a las fuerzas conjuntas del destino y la naturaleza. 
La película también es una valiosa fuente de presentación para muchos elementos que serían habituales en el cine de Murnau: La historia, con guion de Carl Mayer, es un melodrama sobre la fatalidad (en el sentido de "destino ineludible") del amor y las consecuencias de este; las actuaciones son histriónicas, los encuadres son elegantes, el montaje es poético... Murnau muestra por primera vez su particular composición visual usando interiores (cortinas, ventanas, escaleras), exteriores (jardines, vallas, frontis) y, sobre todo, el paisaje natural para sugerir emociones, personalidades y eventos... Todo el filme está lleno de símbolos y alusiones que exponen el caos de los sentimientos y pasiones humanas, apenas dominados por leyes sociales y morales a las que basta la intervención de una pequeña fuerza adversa para que se derrumben y la pasión lo inunde todo.
A continuación el resumen con análisis y comentarios incluidos. 

 
Resumen: ALERTA DE SPOILER
Eigel Borne (Olaf Fønss) es un acaudalado médico de mediana edad que aspira a convertirse en el mejor de su especialidad, la oftalmología, aunque las extensas jornadas de estudio y trabajo le impidan pasar tiempo suficiente con Helena (Erna morena), su eterna prometida. Ella, profundamente enamorada, no le hace reproches por temor a apartarlo de sus sueños, tan importantes para Eigel como Eigel para Helena. La joven se consume de amor por Eigel, espera ansiosa sus breves visitas, mientras él se consume de ambición profesional.
Una noche lluviosa Eigel, Helena y algunos amigos acuden a un teatro de variedades a ver actuar a la bailarina Lily (Gudrun Bruun Stephensen), quien más adelante será la esposa de Eigel. La presencia de Helena en el primer encuentro de la futura pareja anuncia el adulterio posterior. 
Antes de la presentación, Lily escudriña al público y es atraída por el médico, que parece aburrido e incómodo. Se informa sobre él y luego sale a escena. Su "provocativo" baile cautiva a todos excepto a Eigel, que sonríe sin interés. Molesta y atraída por igual, Lily decide usar una artimaña en el siguiente número. 


Lily realiza un baile con un curioso traje que semeja el capullo de una flor gigantesca ocultando la mitad superior de su cuerpo. A medida que ella baila, los pétalos van cayendo, descubriendo a la mujer en su interior. Como una flor recién abierta a la primavera, lozana, plena de vida, Lily llega a revolucionar la ordenada vida de Eigel. 
En un momento Lily finge una lesión en el tobillo y Eigel acude en su ayuda. La bailarina se descubre generosamente la pierna, turbando un poco al médico; él no encuentra señales de lesión pero tampoco descubre la treta, dada su naturaleza confiada y desinterés por todo lo que no sea su carrera. Lily sonríe para sí ante su primera victoria sobre este hombre ingenuo. Mientras, Helena y los demás se cansan de esperar a Eigel y se marchan bajo el fuerte aguacero.


Al otro día Eigel se presenta en casa de Lily para examinar su tobillo. La desaparición de la lesión lo lleva a comprende que algo no está bien; creyéndose víctima de una broma de mal gusto, intenta marcharse. Lily no sólo logra detenerlo, también le ruega regresar el próximo día. Luego lo invita a tomar un té y le pide hablar de sí mismo. Halagado por su interés, Eigel accede y se queda charlando con ella durante horas. La desbordante alegría y vitalidad de Lily acaba por seducirlo y se despide algo asustado de sus propios sentimientos. Se entiende que las visitas continuaron.
Eigel, como un médico dedicado sinceramente a su arte, es irresistible para Helena y Lily, que representan dos tipos distintos de mujer: Helena es la mujer del hogar (casi nunca la vemos fuera de su casa), una dama recatada y reprimida que pospone sus propios deseos para no "estorbar" a su amado; Lily es la mujer mundana, exuberante y natural que va tras el hombre que anhela despreocupándose de lo que pueda querer él. Helena pasa horas junto a la ventana esperando las cortas visitas de su novio; Lily toma la iniciativa y lo atrae hasta su casa. Si Helena lo ama por sí mismo, Lily comienza sintiéndose atraída por el desinterés que Eigel muestra hacia su trabajo como bailarina; es más un asunto de ego; después, el amor que despierta en ese hombre serio y respetable la conmueve y enamora. 


Días más tarde Eigel visita a Helena. Ella percibe de inmediato que algo no marcha bien, y esto se confirma cuando él no puede mirarla al explicar que está ahí para decidir la fecha de la boda. 
Eigel intenta reordenar su vida, tan trastornada desde que Lily entró en ella. Pero ya es tarde; Helena advierte enseguida que la brusca determinación no la dicta el amor. Eigel refuerza su sospecha al suplicarle que rompan el compromiso. Devastada, Helena le pregunta cómo sucedió, cómo dejó de amarla, pero ni el propio Eigel puede comprender y explicar cómo en tan poco tiempo sus planes de años se vinieron abajo, y la forma en que Lily se convirtió en algo imprescindible para él. Se marcha dejando sumida en la tristeza a Helena, su amiga de la infancia, su novia de siempre, la mujer que lo acompañó en todo momento, aguardando pacientemente a que él estuviera listo para ser su marido. 
Eigel abandona las habitaciones de Helena bajando unas escaleras que parecen conducirlo a un infierno que no puede ver pero sí presentir. Duda un poco en el último escalón, mas no cede.
La escalera funciona a otro nivel. Es la misma que Eigel no podrá subir más allá de tres escalones luego de la muerte de Lily, pues no hay regreso redentor junto a Helena, ella también muere por amor aunque Eigel jamás lo sabrá. Lily igual desciende unas escaleras al infierno cuando Eigel se niega a ayudar al pintor por segunda vez, sólo que la escalera de Lily la conduce a la muerte. Ya veremos eso.


Lily recibe una carta de Eigel relatándole lo sucedido y explicando que no deben volver a verse. Lily llora porque se ha enamorado de Eigel y no quiere separarse de él. Comprendiendo que él también la ama, decide luchar por su amor y acude a verlo. Eigel duda en recibirla. Haciendo un esfuerzo por mostrarse firme, acaba por aceptar la visita, quizá con la intención de despedir a Lily de manera cortés. Pero ya en su presencia Eigel es incapaz de mirarla y cuando lo hace sus sentimientos lo dominan por completo; confiesa su intenso y apasionado amor a una dichosa Lily.
Eigel y Lily se casan rápidamente y se mudan a una aldea costera. La pareja es completamente feliz y pasa los días gozando del paisaje y de su amor. Todo parece idílico, pero el viento marino que los empuja y agita sus ropas presagia una amenaza oculta. 
Sólo muy de vez en cuando Eigel siente algo de nostalgia por la ciudad, aunque nunca piensa en Helena. Ésta, sola y resignada, decide destruir las cartas de amor de Eigel.


En la aldea, Eigel y Lily continúan disfrutando de su amor, que cada día se vuelve más grande. Brindan e intercambian copas en un gesto simbólico y ritual de unión matrimonial que es sellado con un beso. En ese momento un bote se aproxima a la playa. Sobre él se distingue la alta y delgada figura de un hombre vestido de negro que resalta contra el horizonte marino como una presencia sobrenatural. Este hombre extrañamente fascinante es un enviado de la Fatalidad, un símbolo del destino inevitable. Llega para irrumpir en el mundo particular de una pareja que parece completamente feliz.
El bote atraca con lentitud; el hombre desciende ayudado por el botero y se aleja con una mano extendida y el rostro fijo en la distancia.


Eigel sale a visitar a sus pacientes del pueblo y Lily lo despide alegremente en la puerta del jardín. Mientras todavía agita la mano despidiendo a su marido, el hombre de negro se acerca y pasa frente a ella sin prestarle la menor atención. Es joven, apuesto y enigmático, y su actitud sobrecoge y atrae a Lily, forzándola a seguirlo con la mirada. El marido sale y el pintor entra, la escena es inequívoca. 
Lentamente Lily deja de sonreír, pero sigue al desconocido con la mirada, sorprendida y fascinada por su forma de andar con el rostro fijo en la distancia, más allá de todo, incluso lo humano. El pintor no ve a Lily parada en la puerta y Eigel no quería verla en el cabaret. Lily parece algo asustada, pero ya ha sido seducida de manera irremediable. 
Incapaz de pensar en nada más, Lily espía toda la tarde junto a la ventana esperando el regreso de un desconocido tal como Helena pasaba días y días junto a la ventana esperando por Eigel, a quien tanto conocía. Ya antes Lily había espiado a otro desconocido desde atrás de una cortina, el propio Eigel en el cabaret, esto dice que Lily tiene una predisposición natural para el engaño y lo furtivo. 


Cuando el médico regresa ve a Lily ante la ventana, de espaldas a él. Se aproxima en silencio y le cubre los ojos con las manos, sorprendiéndola. Eigel anuncia su propia ceguera ante el próximo adulterio, pero también su descubrimiento.
Lily le cuenta de la extraña actitud de aquel desconocido y Eigel explica que se trata de un pintor que se recluyó en la isla años atrás después de perder la vista. Lily se relaja un tanto al comprender la razón de la conducta del hombre, pero sigue asustada; siente en él algo peligroso para ella y su reciente felicidad. 


Más tarde Eigel pasa junto a la pequeña casa vecina donde el pintor vive en compañía de una sirvienta. Eigel lo encuentra en el jardín, sentado frente a una pintura que llama su atención. El pintor le dice que el cuadro se titula Oración a Dios por la gracia de la vista. Eigel se conmueve profundamente por estas palabras que expresan una fe sencilla y pura, decidiéndose a operar al pintor sólo por caridad. 
Fingiendo ser otra mujer lesionada del tobillo, Lily hace llegar a Eigel una carta donde confiesa: ''Eigel, sólo deseo que exista sinceridad entre nosotros. Desde la primera vez que te vi supe que te amaría intensamente. Mi lesión sólo fue un pretexto, igual que ahora. Siempre temí confesártelo, ahora soy feliz por haberme liberado de ese secreto''. Eigel, tan feliz como sorprendido, la besa con pasión. Luego le comenta que el pintor ciego vivirá con ellos durante un tiempo, pues intentará devolverle la vista. Lily se aflige; asustada, pide a su marido que no lleve al pintor a la casa, revelándole que siente un miedo inexplicable. Eigel la consuela sin entenderla; él es médico, no artista, y por ende no puede sentir tan intensamente lo espiritual.


Un atardecer tempestuoso Eigel deja a Lily durmiendo y acude junto al pintor, a quien intervino y recluyó en una habitación de la casa. A las seis de la mañana verá si la operación resultó como esperaba. Se muestra un montaje admirable a medida que avanzan las horas. El mar, hasta entonces en calma, comienza a agitarse con violencia, avisando que para los personajes se aproximan tiempos turbulentos.
Eigel sale a dar un paseo y alguien le entrega una carta donde se le comunica que Helena está muy enferma. Pasa la noche en casa del pintor, sumido en un fuerte sentimiento de culpa. La sirvienta del pintor elogia su nobleza por lo hecho con el artista, pero esto sólo aumenta el dolor de Eigel, que hizo algo bueno por un desconocido pero ignoró a la compañera de su infancia. Aquí Helena es el pasado que Eigel creyó dejar atrás, el pasado que siempre regresa a cobrar las deudas. 
Eigel no puede dejar de pensar en Helena y esto enturbia su alegría ante el logro de devolver la vista al pintor. Quizás otro presagio, un pequeño sufrimiento antes del mayor y definitivo. 


En su habitación, Lily despierta cuando el fuerte viento de la tormenta empuja sus cortinas. Asustada, cierra las ventanas, mas el resplandor de un relámpago la impulsa a huir de la habitación llamando a gritos a su marido. Un sirviente le explica que el médico se encuentra fuera de casa, aguardando las seis de la mañana, momento en que traerá al ciego de regreso a la luz. Esto sucede en la noche, a las seis ya habrá amanecido; así, la luz que menciona el sirviente no es sólo la visión, también es el amanecer de un nuevo día, el amanecer de una nueva vida para el pintor. Eigel decidió que sea así. 
Lily regresa a su habitación e intenta calmarse pero la tormenta de viento arrecia y el terror la pone fuera de sí. Por el contrario, el pintor duerme pacíficamente en su cama con una venda negra cubriéndole los ojos. 
Intentando apartar sus miedos, Lily se atavía con un antiguo vestido de bailarina y realiza una danza enloquecida desafiando a la tormenta. Incluso abre las ventanas y deja entrar el viento. El frenético baile de Lily contrasta de modo grotesco con la calma del pintor, profundamente dormido en su cama, ajeno a la furia de los elementos, protegido por el sueño y la venda que cubre sus ojos, analogías de su desconocimiento del papel que desempeñará por orden del Destino. Otra vez el pintor es mostrado más como un objeto de la Fatalidad que como una persona y su ceguera física se hace ceguera mental. 

 
La tormenta empieza a declinar. Eigel vuelve a casa y encuentra a Lily bailando con furia. Primero se impresiona, pero pronto comprende que está bajo los efectos de un shock y la abraza hasta conseguir calmarla.
El pintor continúa durmiendo sin sobresaltos. A las seis la tormenta cede y el sol aparece entre las nubes. Eigel retira la venda de los ojos del pintor y este descubre con infinita fascinación que puede ver. Agradecido, besa la mano del médico, emocionándolo.
Ignorante de lo que viene, Eigel invita al pintor a comer con ellos. Cuando ambos entran al comedor el pintor queda fascinado con Lily, la mira como si ella fuera la culminación de todos sus sueños. Lily también experimenta la intensa atracción pero procura alejarla aferrándose a Eigel. Él, sonriendo, pone una mano sobre el hombro del pintor y con la otra sujeta la muñeca de su esposa, ciego a lo que sucede.
 

Eigel se sienta entre el pintor y Lily, separándolos pero a la vez uniéndolos al ponerlos en puestos enfrentados. Incluso bendice la futura unión brindando con ellos como antes brindó con Lily. 
Eigel se muestra entonces como un ciego, él está en la noche a que alude el título. Eigel no vio el deseo de Helena y tampoco quiso ver su dolor. Ahora no ve la poderosa atracción entre Lily y el pintor. Tampoco ve que los papeles se han trastocado. El pintor ya no es un desconocido, sino un hombre que recuperó la vista sólo para poder ver a la mujer de sus sueños. Y esta mujer es Lily, la esposa del médico, quien debe pasar a segundo plano. Una alegre bailarina es más apropiada para un pintor atormentado que para un médico abnegado, sobre todo si ya antes el médico no pudo responder cuando ella le preguntó si le gustaba como artista.
El pintor no consigue apartar sus ojos de Lily, así que, aterrado por lo que podría suceder, decide marcharse de allí cuanto antes. Eigel lo detiene; debe quedarse al menos un mes para estar seguros de que todo ha salido bien. Procurando tranquilizar al pintor, Lily le ofrece su mano en gesto amistoso, pero este primer contacto sólo los turba más. 


El pintor regresa a su casa y Eigel se sume en la melancolía. No puede dejar de pensar en Helena; necesita verla y saber cuan tan grave es su enfermedad. Después de mucho torturarse pensando, pregunta a Lily si se sentiría triste de quedarse sola por un día. Lily quiere saber si es necesario. Teme que de permanecer sola no logre contener el deseo que la impulsa hacia el pintor. 
En su casa, el pintor no deja de pensar en Lily. Horrorizado de aquel sentimiento, se cubre los ojos y llora deseando desde lo más profundo de su corazón: ''¡Si nunca la hubiera visto!''. Esto expresa la sensibilidad natural del pintor, que no desea lastimar al hombre que le devolvió la vista pero al mismo tiempo sabe que lo hará. 


Eigel va a la ciudad y el pintor se sienta frente al mar, sumido en sus pensamientos. Vencida por su pasión, Lily acude junto a él. La pareja no habla pero ambos parecen haber estado buscándose desde siempre. El pintor besa la mano de Lily y enseguida hunde el rostro en su falda, casi entre sus piernas, mientras ella le acaricia el cabello; la imagen esconde-descubre la intención sexual de ambos.
En la ciudad, Eigel no puede hacer nada por Helena, su enfermedad está muy avanzada. Desconsolado, regresa a casa.
Lily pasa la tarde con el pintor. Frente al mar en calma, él le describe el paisaje desde la perspectiva de un artista. 


Se repite el plano de la llegada al puerto, sólo que ahora es Eigel quien viene en el bote y anuncia males para sí mismo. 
Eigel ve a la pareja camino a la aldea e inmediatamente comprende que no se trata de un paseo casual entre vecinos. Espantado, llama a su mujer; ella y el pintor adoptan tal expresión de culpa que cualquier duda de Eigel se desvanece por completo. No entiende lo que sucede, no concibe que de un momento a otro Lily dejara de amarlo. Ella se aproxima a él (todo bellamente filmado en plano americano) y con una sonrisa triste, le dice: ''Tú le diste, ¡la luz!'' refiriéndose a ella misma como parte de la luz. Eigel devolvió la vista al pintor, permitiéndole ver no sólo la luz del día, también la luz de sus sueños, su amor: Lily. Eigel la condujo hasta su verdadero amor, al que ella se entrega como una luz preciosa. 
Lily intenta besar la mano de Eigel, agradecida de lo que hizo por ambos, pero Eigel no puede soportar el perder su propia luz. Enfurecido, loco de celos, se vuelve contra el pintor, que no ofrece resistencia, para golpearlo con la misma mano con que lo curó. Lily se interpone para proteger a su amante y Eigel no puede golpearla. Entiende que ha perdido el amor de la mujer que adora, que él mismo fue descartado; ya no es el hombre de la historia sino el médico que devolvió la vista al verdadero amor de Lily. Lily y el pintor, por distintos caminos oscuros, han llegado a la luz para encontrarse. 
Eigel, enloquecido de dolor, grita iracundo, maldiciendo su destino, y corre apartándose de ellos. El clima tranquilo y calmado se rompe: Viento, árboles agitados, olas golpeando la arena. Otra vez la naturaleza es un personaje más; su furia es una analogía de la furia humana ante sus fracasos y decepciones. 


Lily se aferra a su amante y Eigel, destrozado, presa de su dolor, corre por la arboleda que crece entre las rocas. El fuerte viento lo agita y azota, lo empuja y lo derriba; es un elemento más del dramático paisaje, apenas una persona. Cuando consigue volver a casa su desesperante dolor se triplica; coge un vestido de su mujer, lo abraza y llora sobre él hasta desmayar de dolor. 
La tragedia se ha consumado, y entonces algo parece aclararse: El pago del pecado. Eigel paga con el abandono de Lily el haber abandonado a Helena. Sufriendo la pérdida de su gran amor, Eigel está en condiciones de entender el verdadero dolor de Helena, que lo ama tanto como él ama a Lily. Si antes Eigel sintió lástima de Helena por su enfermedad y acudió a su lado a cumplir un deber con el cual acallar su conciencia, ahora se mantiene apartado por completo, quizá temeroso de mirar ese reflejo de sí mismo. 


Eigel regresa a la ciudad y con el tiempo se convierte un prestigioso oftalmólogo. Helena vive, pero tan debilitada que ya no puede levantarse. Al saber de los logros de Eigel por un periódico comprende que él alcanzó su primer sueño y esto la reconforta en medio de su dolor.
Pero Eigel ha cambiado. La traición de Lily agrió su carácter y ahora no encuentra placer alguno en su trabajo, sólo lo practica para no enloquecer con sus pensamientos. Cada vez que un paciente al que devuelve la vista se muestra agradecido con él, Eigel responde con brusquedad, marcado a fuego por el recuerdo de Lily y el pintor. 


Lily vive con el pintor. Todo marcha bien entre ellos pero Lily también tiene que pagar y mucho más, pues se trata de una mujer egoísta que pasó sobre la felicidad de otros para construir la suya. Eigel y Helena sufren, pero ahora es el turno de Lily de pagar por la felicidad arrebatada.
Lily y el pintor van por un camino de tierra, ella avanza y se esconde para sorprenderlo; entonces él pierde momentáneamente la vista y se encamina a tientas, sorprendiéndola a ella, que sale de su escondite a socorrerlo. La pared tras la cual Lily se oculta sonriendo es un anuncio de la pared de oscuridad que pronto ocultará a Lily por entero a la vista del pintor. La escena es encantadora en su falsa sencillez.
El pintor comienza a padecer episodios de ceguera y su vista se debilita. Llega el momento en que comprende que volverá a quedar ciego. Prueba leer un libro y su temor se confirma: Descubre con horror que no puede leer; está casi ciego.
Desesperada, Lily acude a consultar con Eigel, que al verla tan abatida piensa que busca su perdón. Incapaz de controlar sus emociones, cae de rodillas frente a Lily, y le suplica llorando aferrado a su cintura, pero ella no responde a su vehemencia. 
Lastimado por este último rechazo, Eigel consigue domirse y la mira con altivez, cohibiéndola. Lily se explica con dificultad y entonces Eigel comprende qué busca realmente. Furioso, herido en su orgullo, humilla a Lily riéndose de ella a carcajadas para acabar por negarse de manera terminante. Lily le suplica y entonces Eigel le dice que se mate, que sólo así curará al pintor. El cruel ultimátum destroza el animo de la mujer, que se marcha incluso más angustiada de lo que llegó. Baja las escaleras de la casa de Eigel rumbo a su destino final. 


Eigel sufre una crisis emocional y después corre tras Lily. Demasiado tarde, Lily se ha suicidado. Con esto demuestra cuán real era su amor por el pintor. La solución es absurda e irracional como todo lo que ha pasado, pero Lily acepta llegar hasta el final del camino iniciado. Muere por otro, se redime muriendo por amor luego de ser mezquina casi toda su vida. 
Eigel lo comprende, y esto acaba con todas sus esperanzas. Lily amaba al pintor más de lo que nunca lo amó a él, lo amaba tanto que aceptó morir si con ello Eigel se decidía a volver a operar sus ojos. Horrorizado, Eigel grita al pintor la verdad de como empujó a Lily al suicido, pero él no responde palabra. 
Aturdido, Eigel acude a casa de Helena, mas ya en la sala no se atreve a subir hasta su cuarto. Se marcha al mismo tiempo que ella muere acariciando su foto en el periódico. 
Poco después Eigel recibe una carta del pintor donde dice: ''No lo culpo de lo sucedido. Ninguno de nosotros es culpable. Las leyes están por sobre nosotros. No necesita intentar curarme nuevamente. Por una vez me dio la luz y tuve permiso para verla. Ahora retomo el camino hacia mi noche''.
El pintor acepta que todos ellos fueron víctimas de la Fatalidad. Las leyes humanas no pueden castigar lo que fue decretado por el Destino, al que incluso los dioses están sometidos. Los cuatro personajes compartieron el destino de amar y perder: Helena ama y pierde a Eigel, Eigel ama y pierde a Lily, Lily ama y pierde al pintor, y el pintor ama y pierde a Lily. 
El sacrificio de Lily parece vano; el pintor no desea volver a ver si no puede verla. Lily era su luz, él sólo recobró la vista para verla a ella, verla por un instante; ahora que esa luz no existe no tiene sentido ver. Todo el drama y sufrimiento oculto del pintor se exponen en esta carta, dictada a algún sirviente que nunca aparece. 
Eigel queda solo con sus recuerdos. Para él también llega la noche, esa senda oscura hacia la que se encaminó con cada paso que dio fuera del camino originalmente trazado. 


El camino hacia la noche se consideró una película perdida hasta comienzos de 1980, cuando se descubrió una copia en el Staatliches Filmarchiv (Archivo Cinematográfico Estatal) de Berlín Oriental. Sometida a varias restauraciones, hoy la película puede verse entintada y totalmente nítida, aunque en versiones diferentes que hacen difícil su apreciación sincera y objetiva. 
Visualmente El camino hacia la noche es una película impresionante. Los colores elegidos para entintarla sólo  aumentan su poder evocador:


Los distintos escenarios proyectan sentimientos y estados anímicos; los paisajes naturales, bellamente filmados, funcionan como reflejo de la tormenta interior de los personajes. Murnau siempre lo consigue con el paisaje natural.

¡HERMOSOOOO!

Los actores cumplen muy bien con el tono de la historia. Se ha escrito mucho que Murnau no quedó conforme con la mayoría del reparto, que dio una actuación rígida, exagerada y anticuada para un filme no experimental de los 20'. Esto suena a cuento chino porque los actores implicados no siempre mostraron esa rigidez y teatralidad en otros filmes. Presumiblemente Murnau mismo exigió esa actuación histriónica para enfatizar en el drama interno de los personajes. 


Olaf Fonss está más que convincente como el respetable y adinerado oftalmólogo arrancado de su cómoda rutina por una cabaretera. El actor pasa de la mesura al paroxismo teatral desenfrenado, casi agónico; se estremece entero, agita las manos contra el cielo, se ríe hasta doblarse en dos, gesticula con toda su alma... A muchos este tipo de actuación puede parecer risible, pero personalmente me gusta cuando la usa Olaf Fønss. Tengo cierta debilidad por su pelo canoso y su dramatismo puro.
Gudrun Bruun Stephensen a ratos actúa con gran naturalidad. Su personaje ríe, baila y se divierte sin caer mucho en la sobreactuación, pero no me convence del todo como el gran objeto de amor de dos hombres tan interesantes como opuestos. Gudrun y Olaf se besuquean bastante:


Conrad Veidt es incluso más dramático, atormentado y gesticulante que Fønss, pero también muchísimo más atractivo y misterioso; deslumbra desde su primera aparición como una silueta delgada de pie en un bote. Su personaje parece moverse en un mundo espiritual propio vedado a los demás; es tan introspectivo y físico en las expresiones de su sufrimiento y angustia, que magnetiza. 


La bella Erna Morena está desaprovecha en un personaje hermoso y trágico que apenas aparece en pantalla. Una lástima.


La recomiendo a todos los admiradores de F.W. Murnau, Conrad Veid, Olaf Fønss y Erna Morena; a los aficionados al cine melodramático, las actuaciones desbordadas y el cine europeo temprano.