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26/07/2024

Charles Chaplin habla sobre El chico

Tras casarnos, el embarazo de Mildred resultó ser una falsa alarma. Transcurrieron varios meses y yo sólo había rodado una película en tres rollos, "Idilio campestre", y fue tan doloroso como la extracción de una muela. Sin lugar a dudas, el matrimonio había tenido un efecto negativo en mis facultades creadoras. Después de esa película me estrujé en vano los sesos en busca de una idea.
En semejante estado de desesperación, era un alivio ir al Orpheum a distraerme un poco, y en esa disposición de ánimo vi a un bailarín excéntrico; no era nada extraordinario, pero al final de su interpretación sacó a su hijo, un niño de cuatro años, para que saludase con él. Después de saludar con su padre, el chiquillo empezó de repente a ejecutar unos divertidos pasos de baile; luego miró graciosamente al público, lo saludó con la mano y se marchó corriendo. El público empezó a reír a carcajadas, de modo que el niño tuvo que salir de nuevo y ejecutar un baile distinto. En otro niño puede que hubiera resultado mal. Pero como Jackie Coogan era encantador, el público disfrutó lo indecible. Hiciera lo que hiciese, el niño tenía una personalidad atractiva.


No volví a pensar en él hasta una semana después. Estaba sentado en el plató del exterior con nuestra compañía, luchando aún por que se me ocurriese una idea para mi próxima película. En tales ocasiones solía sentarme con ellos, pues su presencia y sus reacciones constituían un estímulo para mí. Aquel día me sentía bloqueado e indiferente, y a pesar de sus amables sonrisas, sabía que mis esfuerzos eran vanos. Mi imaginación vagaba de un lado para otro, y hablé de los números que había visto interpretar en el Orpheum y de aquel niño, Jackie Coogan, que salió a saludar con su padre.
Alguien dijo que había leído en un diario de la mañana que Jackie Coogan acababa de firmar un contrato con Roscoe Arbuckle para hacer una película. Fue como si me fulminara un rayo. 
-¡Dios mío! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Sin duda alguna, el chico resultaría estupendo en el cine -Luego enumeré sus posibilidades, los gags y los argumentos que podía hacer con él.
Las ideas acudían a mi imaginación sin cesar. 
-¿Pueden imaginarse al vagabundo de vidriero, al niño corriendo por las calles rompiendo cristales y al vagabundo que llega para colocar otros cristales? ¡Lo atractivos que resultarían el niño y el vagabundo viviendo juntos toda clase de aventuras!


Me senté a componer durante un día entero el guión, del que tracé una escena tras otra, mientras todos me miraban de reojo. No comprendían por qué me mostraba tan entusiasmado por una causa perdida. Durante varias horas continué inventando trucos y situaciones. De repente me acordé: 
-¿Pero de qué sirve todo esto? Arbuckle ha firmado un contrato con él y probablemente tiene ideas parecidas a las mías. ¡Qué idiota he sido al no haber pensado antes en ello!
Durante toda la tarde y toda la noche solo pude pensar en las posibilidades de una película con aquel niño. A la mañana siguiente, en un estado depresivo, reuní el elenco para ensayar, Dios sabe por qué razón, pues no tenía nada que hacer; así que me senté en el plató rodeado de todos, en un estado de excitación mental.
Alguien sugirió que podría encontrar otro niño, acaso un negrito. Pero moví la cabeza con gesto de duda. Sería difícil encontrar a un chico con tanta personalidad como Jackie.
Alrededor de las once y media, Carlisle Robinson, nuestro agente de publicidad, llegó a todo correr al escenario, sin aliento y excitado: 
-¡No es Jackie Coogan quien ha firmado el contrato con Arbuckle! ¡Es el padre, Jack Coogan!
Me levanté de un salto de mi silla. 
-¡Deprisa! ¡Llama al padre por teléfono y dile que venga inmediatamente! ¡Es muy importante!
Quedamos electrizados por la noticia. Algunos se acercaron a mí y me dieron palmaditas en la espalda. Estaban entusiasmados. Cuando el personal de la oficina se enteró vino al escenario a felicitarme. Pero todavía no había firmado el contrato con Jackie; aún cabía la posibilidad de que Arbuckle tuviera de pronto la misma idea. De modo que le dije a Robinson que tuviera cuidado con lo que decía por teléfono y que no nombrase para nada al chico. 


-Ni siquiera se lo digas al padre hasta que esté aquí. Dile, simplemente, que es muy urgente; que tenemos que verle enseguida, antes de media hora. Y si él no puede venir, entonces vete a su estudio. Pero no le digas nada hasta que esté aquí.
Hubo dificultades para encontrar al padre; no estaba en el estudio, y durante dos horas fui presa de una terrible ansiedad.
Por fin, sorprendido y aturdido, llegó el padre de Jackie. Le cogí del brazo.
-¡Causará sensación! ¡Será lo nunca visto! ¡Todo lo que tiene que hacer es esta película! -fui desvariando de una manera entrecortada. Debió de pensar que me había vuelto loco-. ¡Esta película le dará a su hijo la oportunidad de su vida!
-¿A mi hijo?
-Sí, a su hijo, si me lo deja para esta película únicamente.
-Pero bueno, claro que puede disponer del niño —dijo.
Dicen que los niños y los perros son los mejores actores de cine. Pongan a un niño de doce meses en una bañera con una pastilla de jabón, y cuando trate de atraparla producirá un alboroto de risa. Todos los niños tienen talento de un modo o de otro; la cuestión es lograr que lo pongan de manifiesto. Con Jackie fue fácil. Había que aprender unas cuantas reglas básicas de la pantomima, y Jackie las dominó enseguida. Era capaz de comunicar emoción a la acción y acción a la emoción, y podía repetir una escena una y otra vez sin perder la espontaneidad.
Hay una escena en "El chico" en la que el niño se dispone a tirar una piedra contra una ventana. Un policía se coloca furtivamente detrás de él, y cuando echa la mano hacia atrás para lanzar la piedra tropieza con la chaqueta del policía. Lo mira, y luego, como si estuviese jugando, tira la piedra al aire, la coge después con gesto inocente, la arroja al suelo, se aleja despacio y de repente echa a correr.
Cuando la escena estuvo a punto, le dije a Jackie que me mirase, recalcando las palabras: 
-Coges una piedra, luego miras hacia la ventana, y después te dispones a tirar la piedra; echas la mano hacia atrás, pero tocas la chaqueta del policía, palpas sus botones, y luego te vuelves y ves al policía; tiras la piedra al aire como si estuvieses jugando, y a continuación la arrojas al suelo; te vas andando, como sin darle importancia, y de repente, echas a correr, disparado.
Ensayó la escena tres o cuatro veces. Por fin, estuvo tan seguro de su papel, que la emoción surgía espontáneamente. En otras palabras, sus gestos producían la emoción. La escena resultó una de las mejores de Jackie y fue uno de los momentos culminantes de la película.


Por supuesto, no todas las escenas se rodaban con tanta facilidad. Las más sencillas le daban a menudo más trabajo, como suele ocurrir en esos casos. En una ocasión quise que se columpiase con naturalidad en una puerta, pero como no tenía ninguna otra cosa en la cabeza, lo hacía con tal afectación que tuvimos que desistir.
Es difícil actuar con naturalidad si la mente no trabaja. Es difícil escuchar en el plató; el aficionado tiende a mostrar demasiada atención. Cuando la mente de Jackie funcionaba, su actuación era soberbia.
El contrato del padre de Jackie con Arbuckle terminó pronto, de modo que pudo estar en nuestro estudio con su hijo, y después hizo el papel de ratero en la escena de la casa que se derrumba. A veces nos prestaba una gran ayuda. Había una escena en la que queríamos que Jackie llorase de verdad cuando dos funcionarios de un correccional se lo llevan de mi lado. Le conté toda clase de historias horripilantes, pero Jackie estaba muy alegre y juguetón.
-Le haré llorar -dijo el padre, una hora después.
-No lo asuste ni le haga daño -dije, sintiéndome culpable.
-¡Oh, no, no! -aseguró el padre.
Jackie estaba tan contento que no tuve valor para quedarme ni ver qué iba a hacer el padre; así que me fui a mi camerino. Momentos después oí a Jackie que chillaba y gritaba.
-Ya está -dijo el padre.
Era una escena en la que arranco al niño de los oficiales del correccional, y mientras está llorando lo abrazo y lo beso.
-¿Cómo ha logrado usted hacerle llorar? -le pregunté al padre cuando terminamos.
-Pues diciéndole sencillamente que si no lloraba nos lo llevaríamos del estudio y lo enviaríamos de verdad al correccional.
Me volví hacia Jackie y lo cogí en brazos para consolarle. Sus mejillas estaban húmedas todavía.
-Nadie se te va a llevar de aquí -le dije.
-Ya lo sabía -murmuró-. Papá estaba bromeando.


Gouverneur Morris, autor y escritor de novelas cortas, que había escrito muchos guiones para el cine, me invitaba con frecuencia a su casa. Guvvy, como le llamábamos, era un hombre encantador y simpático, y cuando le hablé de "El chico" y de la forma que le estaba dando, mezclando la comedia burlesca con lo sentimental, me dijo:
-No resultará bien. La forma tiene que ser pura, o comedia burlesca o drama; no puede usted mezclarlos, porque si no, uno de los elementos de su película fracasará.
Tuvimos una discusión dialéctica sobre esto. Le dije que la transición de la comedia burlesca a la sentimental era una cuestión de matiz y de habilidad al disponer las secuencias. Aduje que la forma surgía después de haberla creado; que si el artista imagina un mundo y cree sinceramente en él, sin tener en cuenta los componentes que haya en él, ese mundo resultará convincente. Claro que no tenía otras bases en que apoyar esta teoría, a no ser en la intuición. Se había utilizado la sátira, la farsa, el realismo, el naturalismo, el melodrama y la fantasía; pero la comedia burlesca cruda y el sentimentalismo, que eran las premisas sobre las cuales se cimentaba "El chico", eran una innovación. 
(…)
Yo había tenido algunas desavenencias con la First National respecto a "El chico"; era una película larga, de siete rollos, y querían estrenarla como tres comedias de dos rollos. De esta forma solo me pagarían cuatrocientos cinco mil dólares por "El chico". Como la película me había costado casi medio millón, además del trabajo de dieciocho meses, les dije que antes se helaría el infierno. Me amenazaron con ponerme un pleito. Legalmente, tenían pocas probabilidades de ganar, y lo sabían. Por tanto, decidieron actuar por medio de Mildred y trataron de incautarse de "El chico".
Como no había terminado de montar la película, mi instinto me dijo que la acabase en otro estado. Así que me dirigí a Salt Lake City con un equipo compuesto de dos ayudantes y unos cuatrocientos mil pies de película, integrada por quinientos rollos. Nos alojamos en el hotel Salt Lake City. En uno de los dormitorios colocamos las películas, ocupando todos los muebles, repisas, cómodas y cajones, para colocar encima de ellos los rollos. Era contrario a la ley tener cualquier material peligrosamente inflamable en un hotel, de modo que tuvimos que hacerlo en secreto. En estas circunstancias continuamos el montaje. Teníamos más de dos mil escenas que clasificar, y aunque estaban numeradas, a veces se extraviaba alguna y perdíamos horas enteras en su búsqueda, debajo y encima de la cama y en el cuarto de baño, hasta encontrarla. Con estas trabas desconsoladoras y sin las instalaciones adecuadas, fue un milagro que terminásemos el montaje.


Y acto seguido tenía que pasar por la aterradora prueba de proyectarla previamente ante un público. Sólo la había visto con un pequeño proyector de montaje, que daba una fotografía no mayor que una tarjeta postal sobre una toalla. Me alegré de haber visto las escenas principales en mi estudio sobre una pantalla de tamaño normal; pero ahora tenía la deprimente impresión de haber estado trabajando quince meses en las tinieblas.
Nadie había visto la película, excepto el personal del estudio. Después de pasarla unas cuantas veces por el aparato de montaje, nada parecía tan gracioso ni tan interesante como habíamos imaginado. Sólo nos tranquilizaba pensar que nuestro entusiasmo inicial había perdido su fuerza.
Decidimos hacer la prueba decisiva y arreglamos las cosas para proyectarla en un cine local, sin previo aviso. Era una sala grande, y se llenó en sus tres cuartas partes. Me senté desesperado y esperé a que comenzase la película. Aquel público no parecía simpatizar con nada de lo que yo pudiera presentarle. Empecé a dudar de mi propio juicio acerca de lo que podía gustarles y respecto a su reacción ante mis comedias. Quizá me había equivocado. Tal vez todo el asunto fuera un error y el público lo miraría con asombro. Entonces se me ocurrió la desazonadora idea de que un actor puede a veces estar completamente equivocado en sus ideas sobre una comedia.
De repente se me subió el corazón a la garganta cuando aparecieron en la pantalla unos titulares: «Charlie Chaplin en su última película, 'El chico'». Estallaron gritos de alegría y se oyeron algunos aplausos. Paradójicamente, aquello me inquietó; podía significar que esperaban demasiado y luego sentirse decepcionados.
Las primeras escenas eran una exposición, lenta y solemne, y me tuvieron en un estado agónico de intranquilidad. Una madre abandona a su hijo y lo deja en un coche; el coche es robado. Por último, los ladrones colocan al niño junto a un cubo de la basura. Entonces aparecía yo, el vagabundo. Se oyó una carcajada, que creció y aumentó. ¡Habían entendido el chiste! A partir de entonces supe que no me había equivocado. Descubría al bebé y lo adoptaba. Los espectadores rieron al ver una hamaca improvisada hecha de sacos viejos y lanzaron gritos cuando alimenté al niño utilizando una tetera, en cuyo pitorro había puesto una tetina, y chillaron aún más cuando hice un agujero en el asiento de una silla desvencijada de rejilla y la coloqué encima de un orinal. En realidad, no dejaron de reír a lo largo de toda la película.


(…)
Y entonces los señores de la First National vinieron a mí, metafóricamente hablando, sombrero en mano. El señor Gordon, uno de los vicepresidentes y propietario de gran número de cines de los estados del Este, dijo: 
-Quiere usted un millón y medio de dólares y nosotros ni siquiera hemos visto la película. 
Convine en que tenían algo de razón, de modo que llegamos a un arreglo para que se proyectase la película.
Fue una noche lúgubre. Veinticinco exhibidores de la First National llenaban la sala de proyección, como si asistieran a una investigación judicial relacionada con un asesinato. Era un grupo de hombres desangelados, escépticos y antipáticos.
Empezó la película. El título preliminar era: «Una película con una sonrisa y quizá una lágrima». 
-No está mal -dijo el señor Gordon, tratando de mostrar su magnanimidad.
Desde la proyección efectuada en Salt Lake City había ganado cierta confianza; pero antes de llegar a la mitad de la película aquella confianza se vino abajo; allí donde el filme había hecho reír a carcajadas al público, sólo se oían una o dos risitas. Cuando terminó y se encendieron las luces se hizo un silencio momentáneo. Luego empezaron todos a desperezarse, a parpadear y a hablar de otras cosas.
-¿Qué vas a hacer esta noche, Harry?
-Llevaré a mi mujer a cenar al Plaza, y luego iremos al espectáculo de Ziegfeld.
-He oído que está muy bien.
-¿Quieres venir con nosotros?
-No; me marcho de Nueva York esta noche. Quiero estar de vuelta para la graduación de mi hijo.
Durante toda esta charla se me pusieron los nervios de punta.
-Bien -dije por fin, alzando la voz-; ¿cuál es su «veredicto», señores?
Algunos se removieron, azorados; otros miraron el suelo. El señor Gordon, que sin duda era el portavoz de todos ellos, empezó a pasear lentamente de un lado a otro. Era un hombre rechoncho y pesado, con una cara redonda, parecida a la de un búho, y gafas de gruesos cristales.
-Bueno, Charlie -me dijo-, tendré que discutirlo con mis socios.
-Sí, ya lo sé -repliqué enseguida-. Pero ¿qué le ha parecido la película? 
Dudó un momento y luego dijo, riendo entre dientes:
-Charlie, estamos aquí para comprarla, no para decir si nos ha gustado.
Esta observación dio lugar a una o dos risotadas.
-No les cobraré más si les gusta -dije. Dudó.
-Con franqueza, esperaba algo más.
-¿Qué esperaba usted?
-Mire, Charlie -dijo con lentitud-, para un millón y medio de dólares…, bueno…, no creo que sea para tanto.
-¿Qué quería usted? ¿El derrumbamiento del puente de Londres?
-No. Pero… para un millón y medio… -Su voz se quebró en un falsetto.
-Bien, señores, ese es el precio, pueden tomarlo o dejarlo -dije con impaciencia.
J. D. Williams, el presidente, se acercó, se hizo cargo de la situación y comenzó a darme jabón.
-Charlie, me parece maravillosa. Es humana, diferente -No me gustó el «diferente»-. Sólo le pido que tenga un poco de paciencia y arreglaremos esta cuestión.
-No hay nada que arreglar -dije con brusquedad-. Les doy una semana para que se decidan.
Después de como me habían tratado ya no sentía ningún respeto por ellos. Sin embargo, pronto se decidieron, y mi abogado llegó a un acuerdo, estipulando que yo percibiría el cincuenta por ciento de los beneficios después de que ellos hubieran recuperado su millón y medio. Se alquilaría por un plazo de cinco años, pasados los cuales la película volvería a ser de mi propiedad, como mis otras películas.


(…)
Hubiera deseado quedarme más tiempo en Nueva York, pero tenía que trabajar en California. En primer lugar, quería terminar cuanto antes mi contrato con la First National, porque estaba ansioso de empezar con la United Artists.
El regreso a California fue un poco deprimente después de la libertad, la brillantez y la fascinante vida intensa que había llevado en Nueva York. El problema de terminar cuatro películas de dos rollos para la First National se me presentaba como una tarea insuperable. Durante varios días estuve sentado en el estudio, ejercitando el hábito de pensar. Como tocar el violín o el piano, el pensamiento necesita practicarse todos los días, y yo había perdido la costumbre.
(…)
Por fin se estrenó "El chico" en Nueva York y tuvo un éxito enorme. Como le había profetizado a su padre el primer día que me entrevisté con él, Jackie Coogan causó sensación. Como resultado de su éxito en "El chico", Jackie ganó en su carrera más de cuatro millones de dólares. Todos los días recibíamos recortes de críticas maravillosas; proclamaron "El chico" como una obra clásica. Pero no tuve el valor de ir a Nueva York; preferí permanecer en California y enterarme de las noticias desde allí.

Charles Chaplin, 
Autobiografia, 1964.

Jackie Coogan visitando a Chaplin en el set de 
Luces de la ciudad (City lights, 1931).


01/03/2024

Citas: Métodos del éxito en el cine

Si tuviera que intentar explicar los métodos por los cuales se ha obtenido mi parte de éxito en las películas, no se aplicarían para que alguien más lo resuelva. Mis métodos son míos, creados y desarrollados para reflejar mi personalidad y lo que es mejor para mí y mi trabajo. Puede haber reglas técnicas en la comedia, pero no creo que puedan estandarizarse. La comedia es el estudio más serio del mundo.

Charles Chaplin



07/07/2023

Actores y actrices bailando (I)

A propósito de la publicación anterior, aquí hay un compilado de imágenes de actores bailando en pantalla y fuera de ella.

Joan Crawford en Nuestras hijas bailarinas (1928).

Joan Crawford y Ramon Novarro en el set de Across to Singapore (1928).

Charles chaplin y cuatro ninfas en Sunnyside (1919).

Charles Chaplin y Georgia Hale en La quimera del oro (1925).

Bessie Love

Pola Negri en Bestia (1917).

Pola Negri y Harry Liedtke en Carmen (1918).

Lillian Gish

Gary Cooper y su hija María en 1945.

Max Linder

Mary Pickford en Johanna Enlists (1918).

Leslie Howard y Mary Pickford
  
Mary Pickford con un miembro de la Armada en 1944.

Rudolph Valentino y Natacha Rambova.
 
Gloria Swanson y Rudolph Valentino enseñando los pasos del tango.

Louise Brooks y Dario
 
Harold Lloyd en Bashful (1917).

Greta Garbo y John Gilbert en Love (1927).

Colleen Moore en Why Be Good? (1927).
 

16/06/2023

5 padres silentes

La era silente está llena de padres que se quedan en nuestra retina por largo tiempo. Padres buenos y padres malos; padres complejos y padres sencillos; padres de sangre y padres de espíritu. Los hay para casi todos los gustos y disgustos; aquí mencionaré algunos de los que más me han impresionado. No se trata de una lista con los mejores y peores padres del cine silente, ni de películas centradas exclusivamente en la paternidad, sino sencillamente de un listado de padres que han capturado mi atención. Orden cronológico. 

Y a propósito del tema, aquí hay una hermosa imagen
de Doug padre y Doug hijo. 

1) Saemund Granliden (Egil Eide) de Synnöve Solbakken
(Synnöve Solbakken, John W. Brunius, 1919, Suecia).
Reconozco que me acerqué a esta película sólo por Lars Hanson. Él da vida a Thornbjörn Granliden, el muy apuesto, pendenciero y despreocupado hijo mayor de una familia campesina. Cuando Thornbjörn parece estar reconduciendo su vida, un rival lo acuchilla a traición instigado por un medio bestia ex peón de la granja que acecha la zona. 
Egil Eide interpreta a Saemund con gran convicción. Cuando el granjero llora por su hijo herido, su dolor es profundo y genuino. Saemund es un padre que ama a todos sus hijos, pero Thornbjörn es el favorito; él sabe que el muchacho sólo necesita madurar un poco para que entonces afloren sus ahora ocultas cualidades positivas. Saemund no duda en enfrentar al atacante de Thornbjörn, un joven de la mitad de sus años al que sin embargo vence. 
Los momentos de interacción entre Egil y Lars son tan lindos que olvidé por completo que ya habían trabajado juntos en la muy diferente Las alas.



2) Peter Lane (Fred Turner) de El hombre de la navaja 
(The jack-knife man, King Vidor, 1920, Estados Unidos).
El humilde y solitario barquero Peter Lane es uno de esos padres accidentales frecuentes en la pantalla silente. Se trata de un espíritu sencillo, libre y errante que una noche de tormenta acoge en su barcaza a una madre enferma y su hijo, el pequeño Bobby (Robert Kelso); la madre muere y el viejo Peter ampara al niño; le talla figuras de madera y se encariña con él hasta el punto de decidir por fin asentarse en tierra firme.
La trama de esta bella película prefigura la de El chico (Charles Chaplin, 1921), aunque su desarrollo es menos oscuro y doloroso. Fred Turner interpreta a Peter Lane con una credibilidad impactante, y Robert Kelso es simplemento adorable en su único filme.



3) El Vagabundo (Charles Chaplin) de El chico
(The kid, Charles Chaplin, 1921, Estados Unidos).
Por supuesto, tengo que mencionar al Vagabundo. ¿Acaso podría faltar en una lista de padres del cine silente? Imposible, y es que El Vagabundo se convierte en el padre ideal para el niño (Jackie Coogan) abandonado por su desconsolada madre. Padre e hijo se complementan, compartiendo miseria, comida, golpes y trabajo a partes iguales. Sus vidas son duras, no poseen practicamente nada, sin embargo rebosan de amor mutuo. 
Hay una nobleza sencilla y hermosa en la decisión del Vagabundo de encargarse del niño. Este hombre cuya pobreza cae en terreno de la marginalidad, posee en cambio un corazón tan grande como su picardía, y es todo para el pequeño. 



4) Mathias Pascal (Ivan Mozzhukhin) de El difunto Mathias Pascal
(Feu Mathias Pascal, Marcel L'Herbier, 1926, Francia).
Mathias Pascal debe ser el hombre con la peor suerte: Su esposa es fría como un pescado, su suegra es una bruja dominante, su trabajo apesta y, lo peor, su querida madre y su adorada hijita bebé, únicas luces en su apagada vida, mueren el mismo día. 
Mathias se preocupa de su hija como nadie más; mece su cuna, juega con ella, la saca a pasear; él simplemente ama a esa pequeña como su madre lo ama a él, con todo el corazón. Por lo mismo, la muerte de la niña es tan terrible para él. Sin ella el frágil mundo de Mathias se desmorona. 
El gran Ivan Mozzhukhin siempre consigue tocar nuestra fibra más sensible. Mathias Pascal es absurdamente adorable, y sus primeras escenas con la bebé están impregnadas de ternura y alegría. Por contraste, las escenas de la muerte de la niña son amargas, oscuras y muy penosas; sentimos el profundo dolor de Mathias mientras lleva el cadáver de su hija a casa de su madre moribunda.   
 


5) Joh Fredersen (Alfred Abel) de Metrópolis
(Metropolis, Fritz Lang, 1926, Alemania).
¿Habrá padre más complejo que Joh Fredersen? El señor de Metrópolis parece tan frío y mecánico como las máquinas que mantienen en funcionamiento su ciudad. Desde lo alto de su propia torre de Babel dirige Metrópolis con la precisión de un robot. Todo y todos a su alrededor cumplen una función; sin embargo, este hombre de hierro tiene una debilidad: Su hijo, el joven Freder (Gustav Frohlich). 
Joh Fredersen mantiene a su hijo en la ignorancia y no muestra la menor empatía hacia su compasión y sensibilidad, pero cuando la rebelión estalla en la ciudad, casi se derrumba ante la posibilidad de que Freder muera. El miedo a perder a Freder lo hace encanecer de golpe y es Freder quien lo reconcilia con sus obreros. Joh Fredersen sí tiene corazón, y su hijo ocupa el primer lugar en él. 


¡Feliz día del padre a todos los papás de la comunidad silente! 



02/06/2023

8 grandes "talkies" de actores silentes

Como bien sabemos los seguidores del cine mudo, la historia de que la mayoría de los actores silentes no pudo pasar al sonoro, es un mito. Muchos actores del periodo, tras algunos tropiezos menores, continuaron trabajando en el cine durante años, labrándose sólidas carreras en el nuevo formato. Los actores jóvenes y aquellos que contaban con una base teatral se adaptaron con mayor facilidad, pero no deben ignorarse los talentos excepcionales cuya fotogenia y comprensión del arte cinematográfico dieron al cine algunas obras más que dignas de mención. 
A continuación, en orden cronológico, 8 grandes películas sonoras cuyo reparto incluye a destacados actores del cine silente en roles de diversa importancia.


1) El congreso se divierte 
(Der kongress tanzt, Erik Charell, 1931, Alemania). 
Actores: Willy Fritsch, Conrad Veidt y Lil Dagover.
Chispeante opereta de comienzos del sonoro alemán en la que una joven guantera (Lilian Harvey) vive un breve y romántico idilio con el Zar Alejandro I (Willy Fritsch) durante el Congreso de Viena. Al mismo tiempo, el Príncipe Metternich (Conrad Veidt) maquina a favor de su propia causa política con ayuda de su secretario Pepi (Carl-Heinz Schroth) y de su amiga personal la Condesa (Lil Dagover). 
Se trata de una historia sencilla y anecdótica que por momentos pareciera transformarse en un drama político mayor, capturando con gran acierto el espíritu de la Viena de 1810.  
El versátil Willy Fritsch demuestra su talento para la comedia como el galante y alegre Zar y como su bobo doble Uralsky; la hermosa Lil Dagover se mueve en su terreno siendo la bella, sofisticada y coqueta Condesa francesa aliada de Metternich; sin embargo, es Conrad Veidt quien entrega la mejor actuación. Su caracterización de Metternich como un político tortuoso y manipulador que nunca llega a convertirse en villano es impecable, tanto que en su momento el personaje fue incluso más popular que el del Zar. Viéndole interactuar con el resto de personajes, se entiende que agradara tanto: Mientras los demás jefes de estado anhelan bailar comer y cantar, Metternich vive para los tejemanejes políticos, recurriendo a métodos de dudosa nobleza para girar el curso de los acontecimientos a favor de su causa. Su relación con la Condesa oscila entre la amistad y el romance, alcanzando el punto máximo en la secuencia del baile, donde por un momento sólo son una pareja más. Conrad Veidt y Lil Dagover valseando juntos es un regalo para los ojos de todo admirador de esta icónica pareja cinematográfica. 



2) El viejo y el joven rey: La juventud de Federico El Grande
(Der alte und der junge könig, Friedrichs des grossen judend, Hans Steinhoff, 1935, Alemania). 
Actor: Emil Jannings. 
Biopic en clave nazi de la juventud de Federico II El Grande (Werner Hinz), uno de los monarcas prusianos más admirados por el régimen, y la difícil relación con su autoritario padre, Federico Guillermo I (Emil Jannings). 
Aún tratándose de una obra destinada a promover la idea nazi del führerprinzip, El viejo y el joven rey es un filme apasionante por su exposición de la lucha desigual entre dos formas opuestas de ver la vida, así como del triunfo del deber por sobre el sentimiento.  
En su momento de gloria como estrella del cine hitleriano, el gran Emil Jannings personifica al Rey Soldado con la maestría que le identifica, apoderándose de cada escena en que aparece. Su interpretación de un padre intolerante, irascible, estricto hasta la tiranía y obsesionado con la dura disciplina militar, es portentosa, proyectando una sombra en el resto de personajes y empequeñeciéndolos en todos los aspectos. Sin duda uno de los grandes trabajos de un gran actor. 



3) Nace una estrella 
(A star is born, William A. Wellman, 1937, Estados Unidos). 
Actores: Janet Gaynor, Adolphe Menjou y Fredrich March. 
Amarga, elegante y hermosa película donde la joven aspirante a actriz Esther Blodgett (Janet Gaynor) asciende hasta el estrellato mientras Norman Maine (Fredrich March), el conocido actor con quien se casa, va cayendo en el olvido y el alcoholismo. 
Obra de exquisita sensibilidad estética y emocional que expone de manera equilibrada lo mejor y peor de la industria del cine: La lucha por el estrellato, el actor como un producto para la prensa amarillista, los celos artísticos, la caída desde la cima de la fama... 
El convincente Fredrich March hace un trabajo correcto como Norman; él y Esther forman una linda y conmovedora pareja cuyo recorrido amoroso llega directo al corazón del espectador. La dulce y hermosa Janet Gaynor dota de gran calidad humana a Esther, una chica tenaz, generosa, leal, dispuesta al sacrificio por amor. Ella es el centro de toda la historia y lo es con pasión; su tierno y sensible rostro expresa alegría, inocencia, ilusión y dolor de una manera exquisita. Janet Gaynor siempre consigue que sigamos creyendo en la magia y los milagros.


 
4) El gran dictador
(The great dictator, Charles Chaplin, 1940, Estados unidos).
Actor: Charles Chaplin.
Tras veinte años en el hospital, un ex soldado y barbero judío (Charles Chaplin) regresa a su ciudad en Tomania ignorando que ahora la nación es gobernada por el dictador antisemita Adenoid Hynkel (Charles Chaplin). El megalómano Hynkel planea conquistar el mundo comenzando por el país vecino, Austerlich, y para ello intenta obtener un préstamo de un banquero judío. Al no conseguirlo recrudece su opresión sobre los judíos, que se ven forzados a huir del país. 
Tras negarse por años a filmar películas habladas, Charles Chaplin debuta a lo grande en el cine sonoro escribiendo, produciendo, dirigiendo, musicalizando y protagonizando esta genial sátira que ridiculiza y condena el nazismo y las dictaduras en general. Amarga y divertida, la película auna escenas desternillantes con otras de hondo patetismo. La excelencia interpretativa de Chaplin en su doble papel de víctima y villano cala hasta el hueso del espectador, regalando algunos de los momentos más memorables de su carrera como son la afeitada al compás de Brahms o el juego con el globo terráqueo. Mención aparte para el bellísimo y emotivo discurso final, un canto al amor y la hermandad universal que, lamentablemente, no ha sido escuchado. 



5) La fuga 
(Escape, Mervyn LeRoy, 1940, Estados Unidos). 
Actores: Alla Nazimova, Norma Shearer y Conrad Veidt. 
Notable y duro melodrama sobre los esfuerzos del joven americano Mark Preysing (Robert Taylor) por rescatar a su madre alemana, la ex actriz teatral Emmy Ritter (Alla Nazimova), de un campo de concentración alemán. En su búsqueda de información y ayuda Mark conoce a la Condesa Ruby von Trenck (Norma Shearer), joven americana viuda de un conde alemán y emparejada con el oficial Kurt von Kolb (Conrad Veidt). 
Brillante y olvidado drama antinazi con una historia intrigante y entretenida a cargo de un elenco de primer nivel. Posee también un importante valor histórico por su osadia en mostrar la realidad de la Alemania nazi en una época donde la opinión pública americana todavía no dimensionaba el alcance de su peligro.  
Norma Shearer es majestuosa como la bella y elegante viuda reconvertida en directora de una escuela particular, aunque su emparejamiento con Taylor se me hace algo forzado. Mejor suerte tiene con Conrad Veidt. Kurt es encantador y aterrador a partes iguales; parece frío e intransigente, pero está locamente enamorado de su dama, siendo los celos antes que las convicciones los que le empujan a enfrentarse a Mark. Alla Nazimova debuta en el cine sonoro en un rol dramático que supera cualquier expectativa; la gran actriz proyecta el sufrimiento físico y moral de Emmy con una grandeza y dignidad a prueba de todo. Mención especial a Albert y Elsa Bassermann en roles menores.



6) Cabalga esta noche 
(Rid i natt!, Gustaf Molander, 1942, Suecia). 
Actor: Lars Hanson. 
A través del alguacil Lars Borre (Erik Blergund), un noble alemán exige horas de trabajo a los habitantes de un pequeño pueblo sueco. El joven Ragnar Svedje (Oscar Ljung) se niega a obedecer, viéndose forzado a huir al bosque y enemistándose con Jon Stånge (Lars Hanson), líder de la asamblea popular y padre de su prometida, la hermosa Botilla (Eva Dahlbeck). 
Magnífico drama rural destinado a reforzar el sentimiento antinazi en la Suecia neutral. 
El gran Lars Hanson vuelve a interpretar a un campesino como hiciera en algunos de sus mejores filmes silentes, y lo hace siendo el maestro de la actuación que siempre fue. Jon Stånge es un hombre sencillo cuya conciencia no logra superar la debilidad de su carácter. Sobrepasado por los acontecimientos y el temor, se convierte en involuntario colaborador de sus opresores, perdiendo el respeto y la amistad de sus vecinos. Paralelamente, su única hija es víctima de la maledicencia de una mujer despechada que la acusa de brujería. Lars, con su voz profunda y rostro expresivo, dota al personaje de un convulso mundo interior lleno de miedos, pesadillas y culpas. Su mejor talkie. 



7) El crepúsculo de los dioses 
(Sunset boulevard, Billy Wilder, 1950, Estados Unidos). 
Actores: Gloria Swanson, Erich von Stroheim y la participación especial de Buster Keaton y Anna Q. Nilsson. 
El mediocre escritor Joe Gillis (William Holden) conoce casualmente a la ex diva del cine silente Norma Desmond (Gloria Swanson), quien vive recluida en una mansión preparando un imaginario regreso y acompañada sólo por su mayordomo Max von Mayerling (Erich von Stroheim). 
Obra maestra absoluta sobre el cine de Hollywood, fábrica de sueños que demasiadas veces devienen en pesadillas. Homenaje-denuncia y retrato negro de la industria.  
Gloria Swanson está impecable y brilla como la altiva, delirante, egocéntrica y celosa Norma Desmond, antigua estrella enclaustrada en su vieja y atiborrada mansión. Incapaz de aceptar el paso del tiempo y la pérdida de la fama, Norma se ha retirado a un mundo propio donde todo sigue gravitando a su alrededor. Ayudada por la malsana complicidad de su mayordomo y ex marido Max von Mayerling, Norma consigue mantener por un tiempo la ilusión en un mundo donde su coche vale más que ella, la antigua diva. Erich von Stroheim hace a un lado su habitual imagen de cínico y canalla, y se transforma en un ser patético, el descubridor y marido de la otrora diva reconvertido en una pieza más de su colección de viejos trofeos. Lealtad, masoquismo amor o posesión, nunca se llega a explicar qué mantiene a Max junto a Norma, pero el grado de humillación que soporta es tan admirable como triste. Aplausos para Buster Keaton y Anna Q. Nilsson por su breve gran aparición. 



8) La noche del cazador 
(The night of the hunter, Charles Laughton, 1955, Estados Unidos). 
Actriz: Lillian Gish. 
El predicador fanático y asesino de esposas Harry Powell (Robert Mitchum) persigue a sus hijastros John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce) para arrebatarles el dinero que robara su padre. Los hermanos se refugian en la granja de la estricta aunque amable anciana Rachel Cooper (Lillian Gish), quien mantiene a varios niños sin hogar.
Maravillosa y poderosa defensora de la infancia y la inocencia, Rachel Cooper personifica al bien como una anciana con rostro de niña y ojos inmensos que no se amilana a la hora de encarar a un insólito barbazul. Lillian Gish, una de las actrices más grandes de la historia del cine, regala un trabajo merecedor de todos los elogios posibles y una de las secuencias más perturbadoras del cine clásico, la de Rachel, escopeta en mano en su mecedora, acompañando el canto del malvado Harry mientras este acecha su apartada granja.