Seamos
sinceros: Amamos las películas con animales. Sean parte importante de la trama
o un agregado más, los animales roban la atención y sus escenas permanecen
nítidas en la memoria incluso si el resto de la película se va borrando. De las
muchas película vistas en mi infancia hay una de la que sólo recuerdo una escena
centrada en un perro negro: Los chicos protagonistas lo disfrazan de anciana en
silla de ruedas para poder meterlo a un museo que prohíbe las mascotas... Me pregunto de que iba realmente esa película...
He visto
varias películas silentes que incluyen animales en lugares destacados. En Vida
de perro (1918) el compañero de infortunios de Chaplin es un simpático
perrito que hasta le sirve de almohada. En El hombre que ríe (P. Leni, 1928) está el perro que personifica
al lobo Homo e incluso es acreditado; en Go west (B. Keaton, 1925) se va todavía
más lejos: ¡La coprotagonista es la vaca Brown eyes!
Para
memorables prefiero las apariciones de animales en películas
donde su inclusión es importante pero breve, cumple una función
anecdótica o accesoria, o simplemente es irrelevante pero inolvidable. Por
ejemplo, el perro marinero en La llamada del mar (H. Szaro, 1927) y el
pobre perico ladrón de joyas de El amor de Jeanne Ney (G.W. Pabst, 1927).
Hay muchas
escenas y secuencias de interacción humano-animal que se han quedado pegadas en
mi memoria. Unas graciosas, otras tiernas y varias muy tristes. Aquí, en orden aleatorio, cinco de esos momentos.
1) Miguel
Strogoff y su caballo
Película: Miguel
Strogoff (Michel Strogoff, Viktor Tourjansky, 1926,
Francia).
Huyendo de
noche de los malvados tártaros, el correo zarista Miguel Strogoff (Ivan
Mozzhukhin) intenta despistarlos saltando de su hermoso caballo blanco al de un
tártaro que consiguió matar. Al amanecer, ya sin caballo, logra llegar a
Kolyvan y refugiarse en una oficina telegráfica en medio de la nada. Su fiel
caballo, que le siguió el rastro durante toda la noche, llega hasta ahí poco
antes que los tártaros. Estos bombardean el lugar y el caballo introduce la
cabeza por una de las ventanas destruidas. Sorprendido y feliz de recuperar a
su caballo, Miguel ignora el caos que lo rodea y abraza la cabeza del animal. Enseguida
sale para encontrarse con él. Hay un bonito montaje de Miguel y el caballo
mirándose como si realmente pudieran comprenderse. Miguel sonríe con ternura, ajeno
a todo menos a su hermoso caballo, pero este gira la cabeza para mirar a la
horda tártara que ya está casi sobre ellos, y una bala lo mata. Miguel se deja
caer a su lado. Consternado y adolorido, acaricia la cabeza del caballo mientras
los tártaros desmontan y avanzan hacia él con sus espadas en alto. Miguel se inclina
sobre el caballo sin dejar de acariciarlo y observa a sus enemigos como si
recién descubriera su presencia.
La secuencia
es maravillosa. Tiene una gran persecución, algo de humor a cargo de dos
personajes secundarios, mucha tensión y ese hermoso, inteligente y fiel caballo
blanco. Mozzhukhin es completamente mágico y lindo en toda su interacción con él.
Su dolor y aturdimiento final, aun mostrado en pocos segundos, se siente tan
genuino que hizo sacudir mi corazón.
2) Homúnculo
y su perro
Película: Homúnculo
(Homunculus [fragmento], Otto Rippert, 1916, Alemania).
Los
habitantes de una ciudad-estado persiguen a Richard Ortmann (Olaf Fönss), el homúnculo,
el hombre sin alma creado en un laboratorio, para matarlo por el temor que les
inspira. Su fiel San Bernardo, su amigo Rodin y la princesa Illiana se unen a
él y todos se ocultan en las ruinas de un castillo árabe. La muchedumbre prende
fuego a la entrada y cuando el San Bernardo sale a
enfrentarlos, lo matan a pedradas. En otro lado del castillo Homúnculo usa su fuerza sobrehumana
para doblar los barrotes de hierro de una ventana, y él y sus amigos humanos
consiguen salir a un patio interior. Allí Homúnculo descubre la ausencia de su
amigo perruno y no duda en regresar a buscarlo. Encuentra el cadáver del pobre animal
tirado en la entrada, y entonces grita y llora maldiciendo al cielo. El humo
del incendio pasa sobre él, pero cegado de dolor por la pérdida de su mejor
amigo, Homúnculo no lo siente ni ve. Levanta el enorme cadáver y lo lleva hasta
el patio interior. Illiana y Rodin son conscientes de su dolor, mas no pueden
consolarlo. Homúnculo lleva el perro fuera del castillo y cava una tumba. Llora
sobre él y concluye: “Pobre bestia, has pagado tu apego a mí con la vida.
Quedarás para siempre en mi recuerdo”. Luego lo entierra y se levanta, todavía herido pero también lleno de odio contra la humanidad.
Homúnculo es una de
esas viejas películas incompletas y borrosas cuyo argumento, decorado,
vestuario y actuación la convierten en objeto de fascinación. Todo en ella es irreal,
oscuro y atractivo. La amistad entre el protagonista, un hombre artificial
condenado a no amar, y el perro vagabundo que acude a su lado sin temor, está
entre los elementos más destacados. El San Bernardo se mueve y corre con
libertad, lleno de la energía que falta a su compañero. Incluso sube un monte
empujado por Illiana. Luego la película se vuelve perturbadora: El cadáver del
perro es demasiado realista. ¿Lo mataron para filmar esas escenas? La idea me
molesta, así que elijo creer que consiguieron los restos de otro perro o drogaron
al del serial.
3) Gunnar y
los renos
Película: La
saga de Gunnar Hedes (Gunnar Hedes saga, Mauritz
Stiller, 1923, Suecia).
Deseando
emular a su abuelo, un violinista ambulante que se hizo rico trasladando y vendiendo
una manada de renos, el joven Gunnar (Einar
Hanson) decide comprar y llevar sus propios renos hacia el mercado del sur. Acompañado
por tres experimentados lapones, Gunnar hace lo posible por controlar su enorme
rebaño, pero una tormenta perturba a los animales, y el reno guía intenta
escapar. Separado de sus compañeros por un accidente, Gunnar se queda solo con
su manada que echa a correr en estampida. El joven se ata a la cintura la
cuerda con que sujeta al reno guía, mas el animal se lanza en persecución del
grupo arrastrando brutalmente a Gunnar por la nieve a lo largo de varios kilómetros
salpicados de piedras. Cuando finalmente los compañeros de Gunnar lo encuentran,
el joven ha enloquecido de horror y alucina con un reno negro de astas
descomunales.
La de los
renos es la secuencia más emocionante de La saga de Gunnar Hedes. En
ella Stiller ejemplifica el desorden de ideas de Gunnar a través de un violento y a la vez poético episodio de caos
y brutalidad natural. La maestría habitual de Stiller logra que la imagen de cientos
de renos corriendo salvajemente en la nieve no se olvide con facilidad.
4) Susie y
su vaca
Película: El
corazón leal de Susie (True heart Susie, D.W.
Griffith, 1919, Estados Unidos).
Susie
(Lillian Gish), una sencilla joven campesina, está apenada porque su amado Bill
(Robert Harron) no puede pagar sus estudios en la ciudad y convertirse en un
hombre ilustrado. Mientras medita en esto en medio del campo, su vaca Daisy, a
la que considera una hermana, se acerca a ella y Susie le comparte sus penas.
Luego la besa, abraza su cuello y llora de tristeza al descubrir la solución: Vender
a su querida vaca y algunas aves de la granja. Cuando el posible comprador de
la vaca se muestra conforme con esta, Susie le hace firmar una promesa escrita
de que tratará a Daisy como parte de su familia. El hombre se toma la
solicitud con bastante simpatía y la firma sin discutir. Susie besa y abraza la
cabeza de Daisy y la deja marchar.
Lillian Gish es demasiado bonita y creible como la pequeña campesina enamorada. La manera en que habla y abraza a la vaca está llena de ternura, y por lo mismo entristece que deba venderla. La relación
de ambas es la de dos amigas donde una se ve obligada
a engañar a la otra, mas no por ello deja de amarla. Si Susie tuviera opción
jamás vendería a Daisy, pero dividida entre su amiga y su gran amor, elige a su
amor.
Película: Napoleón (Napoleon, Abel Gance, 1927, Francia).
El joven Napoleón Bonaparte (Vladimir Roudenko) es infeliz en el colegio. Su único amigo es un águila, espléndida ave que le fue obsequiada por su tío. El muchacho mantiene al águila en una jaula y acude a alimentarla a diario, siendo estos sus momentos de felicidad. Pero un frío día de invierno dos desagradables chicos que odian a Napoleón liberan al águila y esta vuela fuera del colegio. Al descubrir lo sucedido Napoleón provoca una pelea de almohadas en el dormitorio y como castigo es encerrado en una habitación donde se guarda un cañón. Solo y triste, el chico llora sentado en el cañon mientras afuera nieva copiosamente. El frío se cuela por una ventana abierta, pero Napoleón ni siquiera lo siente. Y entonces el águila regresa. Se posa en un árbol cercano a la ventana y enseguida entra en la habitación, para gozo del muchacho, que acaricia suavemente el húmedo plumaje de su amigo.
El joven Vladimir Roudenko es grandioso en su papel. Los primeros planos de su rostro bañado en lágrimas conmoverían al más duro. Enternece verlo alimentar al águila y luego su genuina emoción cuando esta regresa. El que sería conocido como "El águila imperial" es mostrado como un joven valeroso y apasionado, pero también solitario, malancólico y a ratos frágil. Su amor hacia el águila humaniza a una figura ya legendaria.