24/12/2024

¡Felices fiestas decembrinas!

"Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad..." 

Gloria Swanson recibió algunos regalos
curiosos.

Doug y Mary tendrán que desenvolver muchos obsequios.

Joan Crawford parece tener problemas con la estrella de su árbol.

¡Feliz Navidad para todos!


¡Y feliz año nuevo!

"Tengo aquí una tarjeta para ti que dice:
FELIZ AÑO NUEVO".


¡Y A DESPEDIR EL AÑO VIEJO BAILANDO!



20/12/2024

Navidad en proceso

La blanca -¡mentira, acá es verano!- Navidad está a la vuelta de la esquina; temprano en la mañana fui al bosque con el hacha y corté mi pino:


En la tarde lo instalé y le colgué los adornos. Mucha guirnalda plateada y velas blancas para atraer la paz y la esperanza. ¡Cuidado con esas llamas doradas!


Sólo tengo que poner algunas coronas y todo quedará listo. Todavía no me decido; hay tantas opciones en el mercado:


Aunque la mayoría son muy pequeñas y recargadas para mi gusto. Janet Gaynor ofrece algunas ideas para una decoración clásica con coronas grandes y sin florituras; supongo que también puedo intentarlo.


¡Sigo trabajando en esto!


08/11/2024

La Gran Guerra en 5 películas

El 11 de noviembre de 1918 finalizó la Primera Guerra Mundial. El cine estuvo presente a lo largo de la contienda; por primera vez en la Historia todo el horror de la guerra se documentó y mostró en su justa realidad, destruyendo las viejas idealizaciones sobre la grandeza de luchar y morir en batalla. 
Mas, contra lo que pudiera pensarse, exponer la carnicería de toda una generación -murieron alrededor de veinte millones de personas entre soldados y civiles- no mejoró el estado moral de la humanidad: 21 años después una segunda guerra incluso peor volvió a castigar al mundo. 
El cine silente de y sobre la Primera Guerra Mundial evolucionó desde filmes propagandísticos plagados de rabia y desdén a uno que reconocía la humanidad del enemigo aunque no las propias culpas. El conflicto era demasiado reciente. Se necesitarían un par de décadas antes de que la Primera Guerra Mundial pudiera ser vista en su verdadera forma. 
Empero, el cine mudo legó varias obras centradas en la Gran Guerra que se han convertido en piezas imprescindibles para entender tanto una época cinematográfica como de la historia del mundo. Películas artísticas y de interés educativo por igual. Aquí 5 filmes que todos debieran ver al menos una vez. 

Gloria a nosotros, muerte al enemigo
(Slava – nam  smert’ vagram, Yevgeni Bauer, 1914, Rusia).

Armas al hombro
(Shoulders Arms, Charles Chaplin, 1918, Estados Unidos).

El gran desfile
(The Big Parade, King Vidor, 1925, Estados Unidos).

Los cuatro jinetes del apocalipsis
(The Four Horsemen of the Apocalypse, Rex Ingram, 1921, Estados Unidos).

Corazones del mundo
(Hearts of the World, D.W. Griffith, 1918, Estados Unidos).


26/07/2024

Charles Chaplin habla sobre El chico

Tras casarnos, el embarazo de Mildred resultó ser una falsa alarma. Transcurrieron varios meses y yo sólo había rodado una película en tres rollos, "Idilio campestre", y fue tan doloroso como la extracción de una muela. Sin lugar a dudas, el matrimonio había tenido un efecto negativo en mis facultades creadoras. Después de esa película me estrujé en vano los sesos en busca de una idea.
En semejante estado de desesperación, era un alivio ir al Orpheum a distraerme un poco, y en esa disposición de ánimo vi a un bailarín excéntrico; no era nada extraordinario, pero al final de su interpretación sacó a su hijo, un niño de cuatro años, para que saludase con él. Después de saludar con su padre, el chiquillo empezó de repente a ejecutar unos divertidos pasos de baile; luego miró graciosamente al público, lo saludó con la mano y se marchó corriendo. El público empezó a reír a carcajadas, de modo que el niño tuvo que salir de nuevo y ejecutar un baile distinto. En otro niño puede que hubiera resultado mal. Pero como Jackie Coogan era encantador, el público disfrutó lo indecible. Hiciera lo que hiciese, el niño tenía una personalidad atractiva.


No volví a pensar en él hasta una semana después. Estaba sentado en el plató del exterior con nuestra compañía, luchando aún por que se me ocurriese una idea para mi próxima película. En tales ocasiones solía sentarme con ellos, pues su presencia y sus reacciones constituían un estímulo para mí. Aquel día me sentía bloqueado e indiferente, y a pesar de sus amables sonrisas, sabía que mis esfuerzos eran vanos. Mi imaginación vagaba de un lado para otro, y hablé de los números que había visto interpretar en el Orpheum y de aquel niño, Jackie Coogan, que salió a saludar con su padre.
Alguien dijo que había leído en un diario de la mañana que Jackie Coogan acababa de firmar un contrato con Roscoe Arbuckle para hacer una película. Fue como si me fulminara un rayo. 
-¡Dios mío! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Sin duda alguna, el chico resultaría estupendo en el cine -Luego enumeré sus posibilidades, los gags y los argumentos que podía hacer con él.
Las ideas acudían a mi imaginación sin cesar. 
-¿Pueden imaginarse al vagabundo de vidriero, al niño corriendo por las calles rompiendo cristales y al vagabundo que llega para colocar otros cristales? ¡Lo atractivos que resultarían el niño y el vagabundo viviendo juntos toda clase de aventuras!


Me senté a componer durante un día entero el guión, del que tracé una escena tras otra, mientras todos me miraban de reojo. No comprendían por qué me mostraba tan entusiasmado por una causa perdida. Durante varias horas continué inventando trucos y situaciones. De repente me acordé: 
-¿Pero de qué sirve todo esto? Arbuckle ha firmado un contrato con él y probablemente tiene ideas parecidas a las mías. ¡Qué idiota he sido al no haber pensado antes en ello!
Durante toda la tarde y toda la noche solo pude pensar en las posibilidades de una película con aquel niño. A la mañana siguiente, en un estado depresivo, reuní el elenco para ensayar, Dios sabe por qué razón, pues no tenía nada que hacer; así que me senté en el plató rodeado de todos, en un estado de excitación mental.
Alguien sugirió que podría encontrar otro niño, acaso un negrito. Pero moví la cabeza con gesto de duda. Sería difícil encontrar a un chico con tanta personalidad como Jackie.
Alrededor de las once y media, Carlisle Robinson, nuestro agente de publicidad, llegó a todo correr al escenario, sin aliento y excitado: 
-¡No es Jackie Coogan quien ha firmado el contrato con Arbuckle! ¡Es el padre, Jack Coogan!
Me levanté de un salto de mi silla. 
-¡Deprisa! ¡Llama al padre por teléfono y dile que venga inmediatamente! ¡Es muy importante!
Quedamos electrizados por la noticia. Algunos se acercaron a mí y me dieron palmaditas en la espalda. Estaban entusiasmados. Cuando el personal de la oficina se enteró vino al escenario a felicitarme. Pero todavía no había firmado el contrato con Jackie; aún cabía la posibilidad de que Arbuckle tuviera de pronto la misma idea. De modo que le dije a Robinson que tuviera cuidado con lo que decía por teléfono y que no nombrase para nada al chico. 


-Ni siquiera se lo digas al padre hasta que esté aquí. Dile, simplemente, que es muy urgente; que tenemos que verle enseguida, antes de media hora. Y si él no puede venir, entonces vete a su estudio. Pero no le digas nada hasta que esté aquí.
Hubo dificultades para encontrar al padre; no estaba en el estudio, y durante dos horas fui presa de una terrible ansiedad.
Por fin, sorprendido y aturdido, llegó el padre de Jackie. Le cogí del brazo.
-¡Causará sensación! ¡Será lo nunca visto! ¡Todo lo que tiene que hacer es esta película! -fui desvariando de una manera entrecortada. Debió de pensar que me había vuelto loco-. ¡Esta película le dará a su hijo la oportunidad de su vida!
-¿A mi hijo?
-Sí, a su hijo, si me lo deja para esta película únicamente.
-Pero bueno, claro que puede disponer del niño —dijo.
Dicen que los niños y los perros son los mejores actores de cine. Pongan a un niño de doce meses en una bañera con una pastilla de jabón, y cuando trate de atraparla producirá un alboroto de risa. Todos los niños tienen talento de un modo o de otro; la cuestión es lograr que lo pongan de manifiesto. Con Jackie fue fácil. Había que aprender unas cuantas reglas básicas de la pantomima, y Jackie las dominó enseguida. Era capaz de comunicar emoción a la acción y acción a la emoción, y podía repetir una escena una y otra vez sin perder la espontaneidad.
Hay una escena en "El chico" en la que el niño se dispone a tirar una piedra contra una ventana. Un policía se coloca furtivamente detrás de él, y cuando echa la mano hacia atrás para lanzar la piedra tropieza con la chaqueta del policía. Lo mira, y luego, como si estuviese jugando, tira la piedra al aire, la coge después con gesto inocente, la arroja al suelo, se aleja despacio y de repente echa a correr.
Cuando la escena estuvo a punto, le dije a Jackie que me mirase, recalcando las palabras: 
-Coges una piedra, luego miras hacia la ventana, y después te dispones a tirar la piedra; echas la mano hacia atrás, pero tocas la chaqueta del policía, palpas sus botones, y luego te vuelves y ves al policía; tiras la piedra al aire como si estuvieses jugando, y a continuación la arrojas al suelo; te vas andando, como sin darle importancia, y de repente, echas a correr, disparado.
Ensayó la escena tres o cuatro veces. Por fin, estuvo tan seguro de su papel, que la emoción surgía espontáneamente. En otras palabras, sus gestos producían la emoción. La escena resultó una de las mejores de Jackie y fue uno de los momentos culminantes de la película.


Por supuesto, no todas las escenas se rodaban con tanta facilidad. Las más sencillas le daban a menudo más trabajo, como suele ocurrir en esos casos. En una ocasión quise que se columpiase con naturalidad en una puerta, pero como no tenía ninguna otra cosa en la cabeza, lo hacía con tal afectación que tuvimos que desistir.
Es difícil actuar con naturalidad si la mente no trabaja. Es difícil escuchar en el plató; el aficionado tiende a mostrar demasiada atención. Cuando la mente de Jackie funcionaba, su actuación era soberbia.
El contrato del padre de Jackie con Arbuckle terminó pronto, de modo que pudo estar en nuestro estudio con su hijo, y después hizo el papel de ratero en la escena de la casa que se derrumba. A veces nos prestaba una gran ayuda. Había una escena en la que queríamos que Jackie llorase de verdad cuando dos funcionarios de un correccional se lo llevan de mi lado. Le conté toda clase de historias horripilantes, pero Jackie estaba muy alegre y juguetón.
-Le haré llorar -dijo el padre, una hora después.
-No lo asuste ni le haga daño -dije, sintiéndome culpable.
-¡Oh, no, no! -aseguró el padre.
Jackie estaba tan contento que no tuve valor para quedarme ni ver qué iba a hacer el padre; así que me fui a mi camerino. Momentos después oí a Jackie que chillaba y gritaba.
-Ya está -dijo el padre.
Era una escena en la que arranco al niño de los oficiales del correccional, y mientras está llorando lo abrazo y lo beso.
-¿Cómo ha logrado usted hacerle llorar? -le pregunté al padre cuando terminamos.
-Pues diciéndole sencillamente que si no lloraba nos lo llevaríamos del estudio y lo enviaríamos de verdad al correccional.
Me volví hacia Jackie y lo cogí en brazos para consolarle. Sus mejillas estaban húmedas todavía.
-Nadie se te va a llevar de aquí -le dije.
-Ya lo sabía -murmuró-. Papá estaba bromeando.


Gouverneur Morris, autor y escritor de novelas cortas, que había escrito muchos guiones para el cine, me invitaba con frecuencia a su casa. Guvvy, como le llamábamos, era un hombre encantador y simpático, y cuando le hablé de "El chico" y de la forma que le estaba dando, mezclando la comedia burlesca con lo sentimental, me dijo:
-No resultará bien. La forma tiene que ser pura, o comedia burlesca o drama; no puede usted mezclarlos, porque si no, uno de los elementos de su película fracasará.
Tuvimos una discusión dialéctica sobre esto. Le dije que la transición de la comedia burlesca a la sentimental era una cuestión de matiz y de habilidad al disponer las secuencias. Aduje que la forma surgía después de haberla creado; que si el artista imagina un mundo y cree sinceramente en él, sin tener en cuenta los componentes que haya en él, ese mundo resultará convincente. Claro que no tenía otras bases en que apoyar esta teoría, a no ser en la intuición. Se había utilizado la sátira, la farsa, el realismo, el naturalismo, el melodrama y la fantasía; pero la comedia burlesca cruda y el sentimentalismo, que eran las premisas sobre las cuales se cimentaba "El chico", eran una innovación. 
(…)
Yo había tenido algunas desavenencias con la First National respecto a "El chico"; era una película larga, de siete rollos, y querían estrenarla como tres comedias de dos rollos. De esta forma solo me pagarían cuatrocientos cinco mil dólares por "El chico". Como la película me había costado casi medio millón, además del trabajo de dieciocho meses, les dije que antes se helaría el infierno. Me amenazaron con ponerme un pleito. Legalmente, tenían pocas probabilidades de ganar, y lo sabían. Por tanto, decidieron actuar por medio de Mildred y trataron de incautarse de "El chico".
Como no había terminado de montar la película, mi instinto me dijo que la acabase en otro estado. Así que me dirigí a Salt Lake City con un equipo compuesto de dos ayudantes y unos cuatrocientos mil pies de película, integrada por quinientos rollos. Nos alojamos en el hotel Salt Lake City. En uno de los dormitorios colocamos las películas, ocupando todos los muebles, repisas, cómodas y cajones, para colocar encima de ellos los rollos. Era contrario a la ley tener cualquier material peligrosamente inflamable en un hotel, de modo que tuvimos que hacerlo en secreto. En estas circunstancias continuamos el montaje. Teníamos más de dos mil escenas que clasificar, y aunque estaban numeradas, a veces se extraviaba alguna y perdíamos horas enteras en su búsqueda, debajo y encima de la cama y en el cuarto de baño, hasta encontrarla. Con estas trabas desconsoladoras y sin las instalaciones adecuadas, fue un milagro que terminásemos el montaje.


Y acto seguido tenía que pasar por la aterradora prueba de proyectarla previamente ante un público. Sólo la había visto con un pequeño proyector de montaje, que daba una fotografía no mayor que una tarjeta postal sobre una toalla. Me alegré de haber visto las escenas principales en mi estudio sobre una pantalla de tamaño normal; pero ahora tenía la deprimente impresión de haber estado trabajando quince meses en las tinieblas.
Nadie había visto la película, excepto el personal del estudio. Después de pasarla unas cuantas veces por el aparato de montaje, nada parecía tan gracioso ni tan interesante como habíamos imaginado. Sólo nos tranquilizaba pensar que nuestro entusiasmo inicial había perdido su fuerza.
Decidimos hacer la prueba decisiva y arreglamos las cosas para proyectarla en un cine local, sin previo aviso. Era una sala grande, y se llenó en sus tres cuartas partes. Me senté desesperado y esperé a que comenzase la película. Aquel público no parecía simpatizar con nada de lo que yo pudiera presentarle. Empecé a dudar de mi propio juicio acerca de lo que podía gustarles y respecto a su reacción ante mis comedias. Quizá me había equivocado. Tal vez todo el asunto fuera un error y el público lo miraría con asombro. Entonces se me ocurrió la desazonadora idea de que un actor puede a veces estar completamente equivocado en sus ideas sobre una comedia.
De repente se me subió el corazón a la garganta cuando aparecieron en la pantalla unos titulares: «Charlie Chaplin en su última película, 'El chico'». Estallaron gritos de alegría y se oyeron algunos aplausos. Paradójicamente, aquello me inquietó; podía significar que esperaban demasiado y luego sentirse decepcionados.
Las primeras escenas eran una exposición, lenta y solemne, y me tuvieron en un estado agónico de intranquilidad. Una madre abandona a su hijo y lo deja en un coche; el coche es robado. Por último, los ladrones colocan al niño junto a un cubo de la basura. Entonces aparecía yo, el vagabundo. Se oyó una carcajada, que creció y aumentó. ¡Habían entendido el chiste! A partir de entonces supe que no me había equivocado. Descubría al bebé y lo adoptaba. Los espectadores rieron al ver una hamaca improvisada hecha de sacos viejos y lanzaron gritos cuando alimenté al niño utilizando una tetera, en cuyo pitorro había puesto una tetina, y chillaron aún más cuando hice un agujero en el asiento de una silla desvencijada de rejilla y la coloqué encima de un orinal. En realidad, no dejaron de reír a lo largo de toda la película.


(…)
Y entonces los señores de la First National vinieron a mí, metafóricamente hablando, sombrero en mano. El señor Gordon, uno de los vicepresidentes y propietario de gran número de cines de los estados del Este, dijo: 
-Quiere usted un millón y medio de dólares y nosotros ni siquiera hemos visto la película. 
Convine en que tenían algo de razón, de modo que llegamos a un arreglo para que se proyectase la película.
Fue una noche lúgubre. Veinticinco exhibidores de la First National llenaban la sala de proyección, como si asistieran a una investigación judicial relacionada con un asesinato. Era un grupo de hombres desangelados, escépticos y antipáticos.
Empezó la película. El título preliminar era: «Una película con una sonrisa y quizá una lágrima». 
-No está mal -dijo el señor Gordon, tratando de mostrar su magnanimidad.
Desde la proyección efectuada en Salt Lake City había ganado cierta confianza; pero antes de llegar a la mitad de la película aquella confianza se vino abajo; allí donde el filme había hecho reír a carcajadas al público, sólo se oían una o dos risitas. Cuando terminó y se encendieron las luces se hizo un silencio momentáneo. Luego empezaron todos a desperezarse, a parpadear y a hablar de otras cosas.
-¿Qué vas a hacer esta noche, Harry?
-Llevaré a mi mujer a cenar al Plaza, y luego iremos al espectáculo de Ziegfeld.
-He oído que está muy bien.
-¿Quieres venir con nosotros?
-No; me marcho de Nueva York esta noche. Quiero estar de vuelta para la graduación de mi hijo.
Durante toda esta charla se me pusieron los nervios de punta.
-Bien -dije por fin, alzando la voz-; ¿cuál es su «veredicto», señores?
Algunos se removieron, azorados; otros miraron el suelo. El señor Gordon, que sin duda era el portavoz de todos ellos, empezó a pasear lentamente de un lado a otro. Era un hombre rechoncho y pesado, con una cara redonda, parecida a la de un búho, y gafas de gruesos cristales.
-Bueno, Charlie -me dijo-, tendré que discutirlo con mis socios.
-Sí, ya lo sé -repliqué enseguida-. Pero ¿qué le ha parecido la película? 
Dudó un momento y luego dijo, riendo entre dientes:
-Charlie, estamos aquí para comprarla, no para decir si nos ha gustado.
Esta observación dio lugar a una o dos risotadas.
-No les cobraré más si les gusta -dije. Dudó.
-Con franqueza, esperaba algo más.
-¿Qué esperaba usted?
-Mire, Charlie -dijo con lentitud-, para un millón y medio de dólares…, bueno…, no creo que sea para tanto.
-¿Qué quería usted? ¿El derrumbamiento del puente de Londres?
-No. Pero… para un millón y medio… -Su voz se quebró en un falsetto.
-Bien, señores, ese es el precio, pueden tomarlo o dejarlo -dije con impaciencia.
J. D. Williams, el presidente, se acercó, se hizo cargo de la situación y comenzó a darme jabón.
-Charlie, me parece maravillosa. Es humana, diferente -No me gustó el «diferente»-. Sólo le pido que tenga un poco de paciencia y arreglaremos esta cuestión.
-No hay nada que arreglar -dije con brusquedad-. Les doy una semana para que se decidan.
Después de como me habían tratado ya no sentía ningún respeto por ellos. Sin embargo, pronto se decidieron, y mi abogado llegó a un acuerdo, estipulando que yo percibiría el cincuenta por ciento de los beneficios después de que ellos hubieran recuperado su millón y medio. Se alquilaría por un plazo de cinco años, pasados los cuales la película volvería a ser de mi propiedad, como mis otras películas.


(…)
Hubiera deseado quedarme más tiempo en Nueva York, pero tenía que trabajar en California. En primer lugar, quería terminar cuanto antes mi contrato con la First National, porque estaba ansioso de empezar con la United Artists.
El regreso a California fue un poco deprimente después de la libertad, la brillantez y la fascinante vida intensa que había llevado en Nueva York. El problema de terminar cuatro películas de dos rollos para la First National se me presentaba como una tarea insuperable. Durante varios días estuve sentado en el estudio, ejercitando el hábito de pensar. Como tocar el violín o el piano, el pensamiento necesita practicarse todos los días, y yo había perdido la costumbre.
(…)
Por fin se estrenó "El chico" en Nueva York y tuvo un éxito enorme. Como le había profetizado a su padre el primer día que me entrevisté con él, Jackie Coogan causó sensación. Como resultado de su éxito en "El chico", Jackie ganó en su carrera más de cuatro millones de dólares. Todos los días recibíamos recortes de críticas maravillosas; proclamaron "El chico" como una obra clásica. Pero no tuve el valor de ir a Nueva York; preferí permanecer en California y enterarme de las noticias desde allí.

Charles Chaplin, 
Autobiografia, 1964.

Jackie Coogan visitando a Chaplin en el set de 
Luces de la ciudad (City lights, 1931).


17/05/2024

Citas: El éxito de una actriz

Para tener éxito una actriz debe poseer el rostro de Venus, el cerebro de Minerva, la gracia de Terpsícore, la memoria de Macaulay, la figura de Juno y la piel de un rinoceronte.

Ethel Barrymore



10/05/2024

Rendición (Edward Sloman, 1927)

El primer y único trabajo hollywoodense del gran actor ruso Ivan Mozzhukhin es una de las películas silentes más desagradables y absurdas que he tenido la mala suerte de ver. La historia de Rendición (Surrender) es un ovación a la idea medieval (Oh, Decameron) de que para conseguir el amor de una mujer sólo se necesita perseguirla y acosarla en plan cacería. También contiene un poco de antisemitismo y la suficiente sordidez como para molestar a cualquier persona dotada de una pizca de sensibilidad. Y para acabar de sepultar la película en un agujero muy profundo, la actriz protagonista carece de dotes actores. 
Si mi resumen comentado a ratos parece algo burlón, es completamente intencional. No pude ser seria con una historia realista tan irreal. 


Resumen: ALERTA DE SPOILER
Lea (Mary Philbin) es hija del rabino Mendel Lyon (Nigel de Brulier), líder espiritual de una aldea judía asentada en la frontera austro-húngara, y está comprometida en matrimonio arreglado con Joshua (Otto Matieson), quien no parece lo bastante listo ni interesante como para conseguir la atención de su linda novia. El rabino es admirado y respetado por su sabiduría y buenas obras, siendo consultado y querido por todos.
Son los inicios de la Primera Guerra Mundial y el peligro ronda. Constantin (Ivan Mozzhukhin), un príncipe ruso y oficial de cosacos, cruza la frontera para cazar ardillas en el bosque. Su perro se separa de él y roba un zapato de Lea, que se había descalzado junto al río. Constantin la descubre y ambos comienzan a conversar en plan flirteo. Estas escenas son muy bonitas y es lamentable que duren tan poco. De haber seguido así Rendición sería una hermosa película.


La sorpresiva llegada del rabino interrumpe la conversación. Éste reconoce las ropas rusas de Constantin y le ordena volver a su país. La reacción es comprensible; los rusos tienen un extenso y triste historial de opresión y persecución contra los judíos.
Constantin pierde su encanto en cuestión de segundos. Se burla del rabino con arrogancia y amenaza con llevarse a Lea mientras esta se limita a mirar en otra dirección como si el asunto no le concerniera en lo absoluto. La cosa no pasa a mayores porque unos oficiales rusos llegan a informar a Constantin que debe tomar la comandancia de un batallón de cosacos. Sólo entonces Lea comprende que realmente ha estado coqueteando con un enemigo, aunque el descubrimiento no impide que observe con nostalgia la partida de Constantin. Es más que claro que la chica se siente atraída por hombres que amenazan con el rapto, así que el pacífico Joshua no tiene la menor oportunidad de llegar a su corazón.  


Algún tiempo después, un ejercito de cientos de cosacos comandados por Constantin invade y toma el lugar. Temiendo por la seguridad de Lea, el rabino la oculta en… la misma casa. Elegir tal escondite es más estúpido que insensato; ese es el primer lugar donde la buscarían. 
El rabino acude al llamado de los oficiales rusos junto a otros notables del pueblo. Al ver a Constantin intenta pasar desapercibido fingiendo sordera cuando se le ordena firmar un documento. Con tan brillante estrategia de camuflaje sólo consigue que Constantin repare en él y lo reconozca. 


El sabio rabino ya cometió dos tonterías pero vendrán más. Asegura desconocer a Constantin y cuando este menciona a Lea, niega tener una hija. Constantin insiste y se invita a casa del rabino junto a tres de sus hombres. Allí ordena registrar la casa, que evidentemente está llena de delatores objetos femeninos, y al final él mismo encuentra a la muchacha. Ella luce un extraño peinado consistente en una gruesa trenza que le atraviesa la cabeza a modo de horrendo tocado. Esta moda no desanima a Constantin, que expulsa a sus hombres y comienza un desagradable cortejo acosador. Se extraña del desprecio de Lea, quien le deja claro que lo odia por ser un cosaco, los perseguidores y asesinos usuales de su pueblo. Constantin parece divertirse de la acusación y pasa a mayores abrazándola por la fuerza. El lenguaje gestual de Mozzhukhin es tan bueno que se puede construir casi toda su respuesta muda a la acusación de Lea. Sería más o menos así:
Constantin: ¿Yo un asesino? ¡Claro que no! ¿Cómo puedes pensar eso? Yo no hago esas cosas. ¿Cómo podría hacerte algo así… a ti? Nunca, a ti sólo te abrazaría… ¿Por qué no quieres que te abrace? Mira, tengo las manos limpias, no te voy a ensuciar, sólo a abrazarte... Así, así; ¡ven acá con tu malvado cosaco acosador! Vamos, no seas tonta, sólo quiero besarte.


Viendo a Constantin ocupado, el rabino alza un cuchillo con intención de matarlo, pero todos son interrumpidos por el pregonero que anuncia el inicio del Sabbat. Lea aprovecha la confusión de Constantin para escapar de su abrazo. Hay un agradable cambio en el tono de la escena y ahora son Mendel y Lea quienes molestan a Constantin sin usar ninguna violencia.
El rabino pone el cuchillo en la mesa y se aparta. El sorprendido cosaco comprende el peligro en que estuvo. ¿Ordena fusilar al rabino por su intención asesina? No; se queda observando con curiosidad el ritual previo a la cena de sus resignados anfitriones. Estos ven que no tiene intención de irse, así que deciden hacerle pasar una mala comida. Primero lo ignoran; después no le sirven vino hasta que lo pide; en vez de pan le dan un pequeño pedazo de corteza; por último le corresponde la cabeza del pescado, la que escudriña con desconfianza en busca de algo comestible. Todo esto es bastante divertido en gran parte gracias al excelente lenguaje corporal de Mozzhukhin. Se ha dicho que la incomodidad del gran actor hacia su desagradable e inconsistente personaje derivó en una caída de su rendimiento actoral, por lo común sobresaliente, pero estoy en desacuerdo con tal afirmación. Constantin es muy antipático y sus acciones son lo suficientemente confusas como para hacer de su interpretación un trabajo más que difícil, sin embargo Ivan Mozzhukhin era un actor de primer nivel, no una celebridad hollywoodense, y pudo conseguirlo. Con su mirada felina y gestos elegantes, Ivan logra que Constantin sea tan real como se pueda. Un tipo rarísimo y retorcido donde los haya, pero lamentablemente el mundo alberga bastantes lunáticos y chiflados.  


Joshua llega y pide ver a su prometida. La timidez y el nerviosismo del novio hacen que Constantin pregunte a Lea si lo ama. Ella sufre un repentino ataque de mudez que acentúa las nulas capacidades actorales de Mary Philbin. El rabino explica que es deber de Lea amar a su prometido y Constantin se muestra en desacuerdo. Para él el amor es algo que surge espontáneamente y de la nada. Deduzco que este hombre leyó demasiadas novelas baratas o nadie le ha explicado que lo que él considera amor en realidad se llama atracción física o deslumbramiento. El amor no es un deber pero tampoco emerge súbitamente; el cosaco y el rabino están igual de equivocados.  
Constantin decide ser todavía más insufrible y para ello ordena fusilar a Joshua. Ante la intervención del rabino acepta dejarlo vivir si Lea se lo ruega. Esto alivia bastante a Joshua, aunque Lea no da la menor señal de estar dispuesta a ayudarlo. ¿Qué diablos sucede con esta chica? Se entiende que no ama a Joshua y desea librarse del compromiso matrimonial, pero conseguirlo haciendo que fusilen al pobre chico me parece una solución extrema que vuelve a Lea tan inconsistente como Constantin. Después de todo lleva cinco años comprometida con Joshua sin que él se le imponga; como mínimo debiera mostrarle un poco de simpatía e intentar ayudarlo. Joshua estará tan agradecido que le dará lo que ella pida, incluso el rompimiento del compromiso. Sabemos que Constantin no se conformará con una súplica, pero por el momento sólo ha pedido eso y Lea no tiene razón válida para negarse a cumplir un capricho tan infantil. Mas como sigue impávida en medio de la escena, su horrorizado padre le ordena cumplir la condición del cosaco. Ella obedece y entonces Constantin le exige que lo bese. El intertítulo es demasiado explicativo:
''Pon tu cara contra la mía. Bésame.''
Creo que no existe otra forma de besar que uniendo los rostros. No al menos para el tipo de beso que desea Constantin. Lea se niega pese a las desesperadas súplicas del aterrorizado Joshua, al que incluso mira con desprecio. Es innegable que al enfatizar tanto en el miedo de Joshua se pretende hacerlo ver como un cobarde, mas creo que cualquiera se comportaría de modo similar si su vida dependiera del capricho de un poderoso.


Constantin pierde la paciencia y antes de marcharse lanza su ultimátum: Quemará la aldea y a todos sus habitantes a menos que Lea se acueste con él esa misma noche. Quedé atónita al llegar a esta parte. ¿Realmente él dijo eso? Tuve que detener la películas y retrocederla unos segundos para cerciorarme de haber leído bien. Sí, lo dijo. No de forma tan directa, pero la intención es la misma. ¿Pero no se supone que Constantin es el galán de la historia? Pues resulta que también es el villano. Imposible, ¿cómo podría ser ambos? Es incongruente y vuelve todo demasiado confuso. ¿Hay que amarlo u odiarlo? No existe respuesta.


La noticia de la amenaza genocida se esparce por la aldea, y los aterrados habitantes exigen al rabino que Lea se sacrifique por su pueblo como hizo Ester. Lea se niega con horror y el rabino los calma recordando a quienes prefirieron la muerte antes que el pecado. Enseguida los cosacos entran en acción obligando a la gente a volver a sus casas. Tapian puertas y ventanas, acumulan paja, encienden antorchas y esperan la orden de los oficiales de Constantin. Esto es realmente horrible porque la gente no tiene la más mínima posibilidad de escapar. Se ven niños llorando tras las ventanas y adultos suplicando con terror. Ahora sólo podemos odiar a Constantin.
Finalmente Lea no soporta más el cruel dilema y va donde Constantin, que la recibe como si acudiera a una cita amorosa y no a un sacrificio. Él despliega encanto y alegría, pero Lea está más impávida y ensimismada que de costumbre. No responde a su plática, se niega a beber y escapa de sus brazos tras un par de besos no deseados. Constantin no comprende el rechazo. En su retorcida mente Lea acudió a él porque lo ama. ¿Qué otra razón tendría para hacerlo? Parece haber olvidado su salvaje amenaza; o quizá para él esas amenazas sean habituales en un cortejo amoroso. Pero entonces ella le explica que sólo está ahí para salvar a su pueblo y Constantin cambia mágicamente. 


Faltan varios segundos de metraje entre tomas a lo largo de toda la película; aquí la ausencia de esos segundos vuelve bastante extraña la escena e incluso hay unas tomas mal montadas: Constantin y Lea están frente a frente en la habitación; enseguida lado a lado en el balcón y otra vez en la habitación antes de volver al balcón. Aunque dudo que el asunto pudiera mejorar ni siquiera con el metraje completo y bien montado. 
Constantin suelta unas líneas cursis sobre la belleza de Lea y el horror de la guerra. Enseguida le dice que se puede ir y que siempre la recordará. Aliviada, Lea rompe a llorar de un modo que provoca risa, no empatía. En aquel momento un cosaco informa a Constantin que los austriacos vienen a liberar la aldea; hay que huir de inmediato. Lea accede a dar un beso de despedida a Constantin y entonces descubre que está enamorada de él aunque sea un canalla acosador que la chantajeó sexualmente, y un genocida acostumbrado a quemar viva a la gente en sus casas, niños incluidos. Se dice que en gustos no hay nada escrito pero creo que aquí los guionistas se fueron un poco al extremo. Cierto que él es endiabladamente guapo, pero la oscilación entre crueldad y galantería anula todo su atractivo físico. Definitivamente el giro de la historia no se puede tomar con seriedad, es demasiado falso.


Lea esconde a Constantin de los austriacos, que no se molestan en revisar las habitaciones, y acepta su anillo como compromiso matrimonial… Esto se pone cada vez más extraño… Parece que ambos olvidaron todo, incluso el asunto de la religión. Ella es judía y él es cristiano ortodoxo. ¿Quién los casará? ¿Cómo educarán a sus hijos? ¿En que idioma les hablarán? No hay tiempo para pensar en nada porque Joshua entra en la habitación y dispara contra Constantin, hiriéndolo. De alguna manera Lea consigue desarmarlo (otra vez falta metraje) y el cosaco escapa.   
Joshua revela a los demás la traición de Lea y todos acuden a pedir explicaciones al rabino. Lea llega al lugar y de manera muy estúpida confiesa su amor por Constantin y que se casará con él. El furioso rabino la expulsa de su casa y todos se vuelven contra ella, que no comprende la razón de tanto enojo y desprecio. Al igual que Constantin, Lea parece no entender como funcionan las cosas.
Algunos espectadores tienen la errada percepción de que los aldeanos actúan de manera hipócrita al inducir a Lea a ir con Constantin y luego enojarse de que fuera. En realidad la gente no está furiosa por eso sino por el enamoramiento. Que Lea sacrificara su doncellez para salvarlos era aceptable e incluso loable, pero enamorarse del potencial genocida y violador y decidir casarse con él porque le soltó unos versitos baratos, es algo muy diferente. ¿Cómo podrían no enfurecerse con la noticia de que la hija de su líder espiritual ama al mismo hombre que poco antes estaba dispuesto a quemarlos vivos a todos a menos que ella accediera a dejarse violar por él? No hay hipocresía sino una justa cólera que estalla y entonces el pueblo comienza a apedrear a Lea. El rabino interfiere y consigue que lo maten de una pedrada, tan delgado es, pero Lea sobrevive y abandona la aldea.
Años después Constantin regresa. La Revolución le quitó su rango y fortuna y ahora parece ser un campesino. Se reencuentra con Lea en las afueras del cementerio judío y todo está bien. En realidad no; nada de lo sucedido después del primer encuentro de Lea y Constantin tiene el menor sentido, pero así termina.
 
En alguna parte leí que Mary Philbin e Ivan Mozzhukhin se tomaron tal antipatía mientras filmaban Rendición que casi no podían verse. Como ninguno hablaba el idioma del otro imagino que no podían simpatizar en ninguna forma, sin embargo los intensos duelos de miradas entre ambos están entre lo poco bueno de la película. Mary Philbin era una actriz tan limitada que emparejarla con un actor de la talla de Mozzhukhin, que además estaba acostumbrado a trabajar con actrices eficaces, no fue precisamente bueno para su carrera. Y sin embargo el coprotagonista se llevó la peor parte dado lo horrible de su rol. 
Es difícil entender por qué Universal intentó lanzar la carrera hollywoodense de Mozzhukhin poniéndolo en una película tan mala. Se ha llegado a asegurar que la verdadera intención del estudio era destruirlo para así deshacerse de la competencia que significaba para los galanes de Hollywood, pero esto claramente es un absurdo. La estrategia de Hollywood frente a la competencia europea era más sutil: Saqueaba sus cinematografías ofreciendo suculentos contratos a sus estrellas y así, a la vez que minaba el campo enemigo, agregaba talento a su propia industria. El Hollywood de los años 20 estaba lleno de gente que antes triunfó en el viejo mundo: Pola Negri, Victor Sjöström, Ernst Lubitsch, Conrad Veidt, Lars Hanson, Emil Jannings, Greta Garbo, Paul Leni… Ivan Mozzhukhin había triunfado en Rusia y luego, desde Francia, en toda Europa, convirtiéndose en presa codiciada para Hollywood.  
Lo que realmente sucedió fue que el director de Universal, Carl Leammle, se empeñó en filmar una adaptación cinematográfica de una de sus obras teatrales favoritas, Lea Lyon, e impuso al recién contratado Mozzhukhin y a la actriz mimada del estudio. Tener a un actor ruso para interpretar a un cosaco debió aumentar su entusiasmo, porque Rusia estaba de moda debido a la Revolución. Así que contra toda opinión disidente Leammle ordenó la filmación de Rendición. Pero la historia a contar era tan absurda e infame que no resultó y Mozzhukhin regresó a Europa y se unió a la cinematografía alemana.


Rendición cuenta con una hermosa cinematografía y una historia ágil que desagrada y molesta pero no se hace tediosa. Los duelos de miradas entre Mozzhukhin y Philbin son muy tensos, y él, aún interpretando a un tipo demasiado dual, se desempeña muy bien. Su labor aquí nunca está a la altura de sus mejores obras, pero tampoco es una actuación perdida. Un Mozzhukhin regular siempre es mucho mejor que el promedio de los actores silentes. 
Esta fue la tercera película de Mozzhkhin que vi y la primera que vi sólo por él. Mala elección. Pero aunque desprecié y odié a su personaje, no pude evitar sentirme conmovida con su interpretación. Por lo tanto recomiendo Rendición a quien sienta curiosidad por la única y fallida película americana de Mozzhukhin, a sus admiradores dispuestos a ver todas sus películas disponible (aquí entro yo) y, claro, a los masoquistas que gusten de torturarse con historias desagradables.